Sobre la lluvia en el cine

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‘El hombre tranquilo’ (1952), de John Ford

La realidad siempre es tozuda. Y cuando la lluvia es persistente, entonces la realidad deviene en obcecada. Así, vista en el cine, nos parece romántica, resultona, pero cuando tienes que ir a comprar el pan o poner los niños en la silla del coche, la lluvia nos delata aquello que somos: primates que han perdido el pelo. El único sitio donde nos gusta ver llover es en pantalla. ¿Quién ha visto a alguien por la calle (exceptuando a un niño pertrechado con botas de agua) bailando, saltando y pisoteando alegre y pertinazmente charcos de agua como lo hace Gene Kelly en ‘Cantando bajo la lluvia’? Desde que se rodase en 1952 ha llovido mucho y no hemos visto a nadie (ni siquiera entre los más actuales vídeos virales) emular la hazaña. Eso sí: ‘Cantando bajo la lluvia’ ha quedado para la posteridad como el perfecto remedio contra la depresión por encima de cualquier píldora. De ese año, además, no podemos dejar en el tintero el beso de la pelirroja Mauren O’Hara y John Wayne en un cementerio bajo la lluvia en la perfecta ‘El hombre tranquilo’, del maestro John Ford.

Diez años después de la comedia lluviosa, Blake Edwards rodó otra basada en un texto de Truman Capote. Para ella, el escritor pensó en Marilyn Monroe para el papel protagonista pero finalmente se llevó el gato al agua Audrey Hepburn. Y nunca mejor dicho, porque la escena final en la que rescata a su gato de entre los cartones de un callejón bajo una intensa capa de agua y después se encuentra conGeorge Peppard, y se besan apasionadamente, y apretujan al gato y se oye ‘Moonriver’ de Mancini, se encuentra entre las imágenes más icónicas del celuloide por mucho almíbar que rezume.

Pasarán dos décadas para que llegara una de las películas emblemáticas de la ciencia-ficción, la que, en cierto modo, inaugura el género ciberpunk donde se muestra un futuro distópico con avanzada tecnología, cibernética y una abismal diferencia entre una gran parte de la población con un muy bajo nivel de vida y unos pocos ricachones. ‘Blade Runner’ adaptó un relato de Philip K. Dick llamado ‘¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?’ en el que un escuadrón de policías se encarga de eliminar a una facción de robots rebeldes llamados replicantes. Por entonces, Ridley Scott estaba admirado con la filmografía del cineasta holandés Paul Verhoeven y quería para el filme a su actor fetiche, Rutger Hauer, que fue responsable de muchos giros de guion de la película. Propuso incluir la frase ‘Todas esas cosas se perderán como lágrimas en la lluvia’ y sugirió reforzar esa idea con una paloma entre sus manos en sus últimos momentos de vida, que se escaparía volando al morir. Pero como la escena se rodó con lluvia y las palomas no vuelan con las alas mojadas, la tórtola, al impulsarla, volvía a las rodillas de Rutger Hauer en todas las tomas para luego bajar al suelo y salir de plano caminando. El fiasco que se llevó Scott tuvo que arreglarlo en la posproducción, realizando otra toma que, además, tenía otro raccord de luz que la escena completa.

Hace 11 años, Clint Eastwood filmó una de las obras maestras de su carrera: ‘Los puentes de Madison’. En la secuencia final, bañada completamente en lluvia,Meryl Streep observa resguardada desde el coche de su marido la figura de Clint Eastwwod, expuesta bajo el aguacero, mirándola fijamente, conminándola a irse con él. En ese ‘impasse’ de pocos segundos, en esa invitación tácita, ella acaricia el pomo de la puerta, pero él finalmente se da la vuelta y se va. En esa secuencia, pintada musicalmente por Lennie Niehaus, se condensan todas las emociones del mundo: el amor, el deseo, la libertad, la represión, la nostalgia, la fidelidad. Nunca Clint contó tanto con tan poco.

Y como la realidad es tozuda siempre se impone, aunque esa realidad no sea realidad sino la realidad fabricada en un plató de televisión para la vida entera deTruman, el Segismundo del director Peter Weir que sospecha que su vida es sueño (o engaño) y que su vida engaño es. Y la impostada lluvia que le empapa en la playa cual chorro de ducha y que se desplaza sospechosamente alimenta su afán de conocer la realidad: la lluvia que moja.

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