Sobre borracheras: el cine como estupefaciente

De todas la definiciones que sobre el cine se han formulado, quizá la más tajante es la que plantea Julián Marías en su libro ‘Tres visiones de la vida humana’. En el capítulo ‘La pantalla’, el filósofo español asegura que ‘la impresión que produce una cola de candidatos a espectadores es la de estar esperando una dosis de estupefaciente […] Posiblemente, la función del cine como estupefaciente es más importante que su función como arte. Piénsese en su dimensión positiva: la posibilidad de evasión’. Dicho queda. Marías advierte que el matiz no es baladí: ‘El cine como arte es importante, pero hay cosas más importantes que el arte’. Si algunos filmes versan sobre un estupefaciente como el alcohol, ya estaríamos hablando de ¿meta-estupefaciente?

Al cine sólo le ha faltado que el celuloide se pudiera revelar en alcohol, porque desde que existen rodajes, distintos tipos de destilado han estado delante y detrás de las cámaras. Delante exactamente no, porque si los actores tuvieran que beber cada vez que se repite la grabación de un plano, encontraríamos por doquier películas con actores y actrices arrastrando la erre. Pero sí los encontramos en algunas. Por ejemplo, en ‘Apocalipsis now’, de Francis Ford Coppola. En la secuencia inicial, que no estaba escrita, Martin Sheen estaba realmente borracho. Y mucho. Llevaba mucho tiempo en la habitación del hotel empinando el codo. Y Coppola decidió dejar las cámaras grabando. Incluso cuando Sheen, intentando emular una llave de karate, rompe el espejo de la habitación, Coppola prefirió no cortar la escena para que le atendiera un médico. El pulgar se fracturó y empezó a chorrear sangre como un gorrino. Pero Coppola estaba entusiasmado con lo que estaban registrando las cámaras y no pronunció ¡Corten! hasta pasado un rato. La escena quedó perfecta, pero Martin Sheen terminó el plano llorando y queriendo agredir a Coppola.

Podemos decir, sin rubor, que el alcohol ha salvado, por lo menos, un rodaje: el de ‘La reina de África’. La historia es bien conocida. El director, John Huston, yHumphrey Bogart no dejaron de beber whisky durante todo el rodaje para, según ellos, prevenir enfermedades. Bogart llamaba a su compañero de petaca ‘monstruo’ porque aseguraba que era ‘la única persona que conozco capaz de beber más whisky que yo en una sola tarde’. Durante el rodaje, gran parte del equipo de rodaje contrajo la malaria o enfermó de disentería. Menos Bogart y Huston. Llegó un momento en el rodaje en que Bogart se enjuagaba con whisky cuando se lavaba los dientes.

Se han dado muchas borracheras míticas en la pantalla. Desde el cine mudo,Charles Chaplin inaugura la ebriedad cuando llega tambaleando a su casa después de una noche de fiesta. El corto ‘A la una de la madrugada’ es una película que no le hacía mucha gracia a Chaplin una vez rodada pero tuvo mucho éxito entre el público de la época. En 1939 llega una de las obras maestras del cine: el culebrón sobre el libro de Margaret Mitchell ‘Lo que el viento se llevó’. En ella, Reth Buttler,interpretado por Clark Gable, se da a la bebida cuando produce a Scarlett (Vivian Leigh) un aborto al empujarla por las escaleras. En el rodaje no corrió el alcohol como en el de ‘La reina de África’, pero sí el tabaco. Vivian Leigh y Clark Gable no se soportaban, así que la actriz fumaba cuatro cajetillas de tabaco al día, en parte para desagradar a Gable en los planos en los que se tenían que besar. El actor contratacaba comiendo cebolla antes de las escenas íntimas. Desde luego, un rechazo que se mostró palmario en la película.

Probablemente, la película que mejor ha retratado el alcohol sea ‘Días de vino y rosas’ (1962), del director Blake Edwards. Llama la atención que sea este drama una de las películas más valoradas de un director que jalonó su filmografía a base de comedias. No obstante, venía de rodar ‘Vacaciones sin novia’ en 1958 y nada menos que ‘Desayuno con diamantes’ en 1961. La paradoja es que en este drama se conjugan el talento del mejor actor cómico del momento, Jack Lemmon, la dirección de Blake Edwards y el guión de J. P. Miller, un poeta y boxeador metido a escritor que aseguró ser un gran bebedor y haber asistido a muchas reuniones de Alcohólicos Anónimos. Desde luego, no pudo haber escrito el guión nadie mejor: un alcohólico que bebe (y escribe poesía) para evadirse y nos ofrece una película para evadirnos. Ya lo decía el filósofo: el cine es un estupefaciente.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s