Sobre Copland y Busoni

El fin de semana pasado la Orquesta y Coro Nacionales de España acometían una empresa insólita a la vez que titánica en el Auditorio Nacional. Insólita porque era la primera vez que el conjunto nacional se enfrentaba al extenso concierto para piano y coro masculino de Ferruchio Busoni; y titánica por la extensión de la obra que, para ser un concierto para piano, alcanza los setenta minutos de duración. Desde luego, el programa de mano que uno descubría al sentarse en la butaca no correspondía con la estructura clásica de obertura, concierto para solista y sinfonía. Nos encontramos con la suite Primavera Apalache en la primera parte y un concierto para piano y coro masculino en la segunda. Reseñaba esta semana en Opera World Miguel Calleja Rodríguez:

El programa, que se repitió los dos días siguientes, era inusual como pocos, no solo por las obras a interpretar sino por la poca o ninguna relación entre ellas

Y puestos a obtener una respuesta ante la interrogante de una relación temática que siempre han buscado los programadores de repertorio en la OCNE, por lo menos hay que decir que, no siendo en rigor las dos obras sinfonías, sí se puede afirmar que han sido escritas con vocación sinfónica. La primera parte, la ‘Primavera Apalache’, de hecho yo la conocía de niño como sinfonía Apalache. No sé si alguna vez en los ochenta se habrá programado con ese sobrenombre o es un antojo de mis recuerdos pero lo que es cierto es que Aaron Copland escribió ‘Primavera Aplache’ como ballet de 14 números por encargo de la bailarina Martha Graham en 1942. Tres años más tarde, otro encargo del director Artur Rodzinski la convertiría en una suite sinfónica de 8 números en la que la música programática evoca la historia de una pareja de pioneros que se casa en el contexto de la conquista del Oeste americano. Vamos, que Ron Howard podría haberse ahorrado pagar a John Williams para componer la banda sonora de ‘Un horizonte muy lejano’. Si hubiese elegido la partitura de Copland no habría desentonado en absoluto.

La ONE, bajo la batuta del peruano Miguel Harth-Bedoya, realizó una interpretación sensible a la vez que convincente de la suite Apalache. El sonido americano es característico en esta obra donde se deja intuir en su primer movimiento ‘Very slowly’ la inmensidad de ese horizonte lejano dispuesto a ser conquistado por los pioneros americanos. La obra engarza con imaginación distintas escenas en las que se pueden intuir típicas melodías americanas como This the gift to be simple o This the gift to be free. Mención especial merece la ejecución del penúltimo movimiento Doppio movimento: Variations on a Shaker hymn, en donde se pudo escuchar cómo las diferentes familias de instrumentos alternaban la melodía de un himno, desde el arranque de la flauta y el oboe, retomada por la cuerda sustentada por el arpa, los metales y así sucesivamente hasta coincidir toda la masa orquestal en una majestuosa composición.

En la segunda parte, el poco aforo que asistió a la jornada matinal del domingo se solazó con el imponente concierto para piano y coro masculino, donde tanto el pianista ucraniano Vadym Kholodenko como el anteriormente mentado director Miguel Harth-Bedoya llevaron la página de Busoni a espacios excelsos. El largo prologo e introito, de un marcado carácter posromántico, recordaba por algunos momentos a los conciertos de Rachmaninov. El alumno de Busoni Leo Kastenberg afirmaba que en la obra se puede observar el reflejo de la creación: el espíritu de Dios que se expande sobre las aguas (primer movimiento), la belleza de la luz y del aire (segundo movimiento), Adán y Eva (tercer movimiento), el Paraíso terrenal (cuarto movimiento) y, finalmente, la contemplación de la Verdad Eterna (quinto movimiento) con el coro masculino alabando la grandiosidad de Alá. El concierto discurre por momentos sublimes y le concede al piano un enorme trabajo de concentración, pues la partitura recoge algunos de las páginas más temidas del repertorio pianístico. Busoni , aparte de compositor, fue un afamado pianista, característica que deja su impronta en la obra pero sin concederle al teclado demasiado protagonismo sino un encaje equilibrado en una obra en la que la orquesta alcanza cotas elevadas. No podemos dejar de recomendar estas palabras del programa de mano de Luca Chiantore:

Una de las características más llamativas del Concierto de Busoni es la inserción
del coro en el movimiento conclusivo. Es inevitable pensar en la Fantasía Coral de Beethoven, e incluso entre los conciertos para piano y orquesta existen precedentes: el más antiguo, el Concierto núm. 8 del entonces famosísimo Daniel Steibelt,es de 1820, anterior a la propia Novena Sinfonía de Beethoven. Los versos proceden del Aladdin de Adam Oehlenschläger, una obra teatral publicada en 1805 en lengua danesa y libremente traducida por su propio autor al alemán en 1808. La enigmática escena de la cueva mágica, con su anhelo metafísico, debió de fascinar especialmente a un neohegeliano como Busoni, que con este concierto parece buscar precisamente esa superación de la dualidad entre opuestos de la que hablan esos versos: la contraposición, en nuestro caso, entre solista y orquesta, entre música instrumental y música vocal, entre música clásica y música popular, entre tradición y progreso.

En definitiva, un concierto sorprendente por la audacia de su propuesta, con dos obras preciosas, reivindicativas cada una de sus identidades norteamericana e italiana.

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