Sobre Tiburón

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Hace exactamente 40 años, un 19 de diciembre, que en los cines de España se estrenaba Tiburón. A los españolitos nos pilló en las puertas de la Navidad pero, a pesar de los fríos inviernos de la dictadura, el pánico no se disipó durante el deshielo primaveral y enfrentamos el verano con el acojone provocado por Spielberg, ese joven director de 27 años sin apenas trayectoria que reventó la taquilla estadounidense con su segunda cinta. Había creado el blockbuster. Lo contrató la Universal (desestimando a John Sturges y Dick Richards como primeras opciones), que había producido la primera película de Spielberg, ‘Loca evasión’, y tenían buenas referencias del joven realizador. Los productores, David Brown y Richard D. Zanuck, leyeron el libro en una noche y pensaron que sería una historia idónea para dar una vuelta de tuerca a la industria cinematográfica, que en los años 70 estaba experimentando una transformación consciente de huir de las grandes producciones de los sesenta. La elección de Spielberg les dio la razón porque reventó las taquillas de los cines estadounidenses: en tan solo dos semanas recuperó los costes de su producción y en poco más de dos meses se convirtió en la película más taquillera de la historia del cine con 470 millones de dólares recaudados.

La historia narra la visita de un tiburón blanco a las costas de un lugar de veraneo durante la temporada estival. El escualo comienza a devorar bañistas y el jefe de policía se encarga de cerrar la playa al público, con el consiguiente desacuerdo y cabreo del alcalde y los comerciantes, y de contratar a un oceanógrafo y un viejo lobo de mar para dar caza al tiburón. Durante la búsqueda, el viaje de los tres cazadores se convertirá en una empresa difícil por la mala convivencia entre el científico y el viejo marino y que en el rodaje también existió entre los actores que los interpretaron (Richard Dreyffuss y Robert Shaw respectivamente). Es una estructura narrativa que me recuerda mucho al guión de ‘El tesoro de Sierra Madre’ (1947), una de las obras maestras de John Huston. En ella, un buscador de oro llega a una ciudad mexicana en busca de un futuro mejor. Se asocia con otro buscavidas y deciden contratar en su aventura a un viejo buscador de oro que conoce los peligros de la montaña. Se repiten los mismos arquetipos de los personajes: un tipo que persigue fielmente un objetivo, otro que le acompañará y le ayudará en la empresa, y un personaje de avanzada edad con experiencia que personifica al guía. Claramente, en este paralelismo el tiburón y la montaña son lo mismo: el vértice sobre el que se construye la trama. Además, en los finales de ambas películas, los personajes estallan en una sonora carcajada: cuando el tiburón se disuelve en el mar después de estallarlo y cuando el oro se disipa entre el viento después de encontrarlo, como un modo de exorcizar los sufrimientos padecidos durante la aventura.

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