Sobre Radio Clásica

La emisora de Radio Nacional de España (RNE) Radio Clásica cumple cincuenta años sin haber perdido un ápice de su cometido cultural. Nació en plena dictadura con la misión de educar en la música clásica a la generación de la posguerra y sembró la vocación en miles de músicos que hoy desempeñan su profesión en multitud de orquestas y conjuntos musicales. Ingresar en el espacio europeo de radiodifusión allá por la década de los sesenta fue todo un hallazgo para miles de españoles que por las ondas escuchaban un amplio abanico de orquestas europeas.

Ya instaurada la democracia, cuando yo era apenas un tierno infante, mi padre sintonizaba el 96.5 de la FM los sábados por la mañana y escuchábamos a Gershwin, Ravel, Grieg… y obras desconocidas como la suite del Gran Cañón de Ferde Grofé. Todas las músicas sinfónicas se han paseado por mi cabeza las mañanas de los fines de semana. Recuerdo, sin ir más lejos, que este verano, conduciendo en el coche, Radio Clásica me activó un recuerdo congelado en la memoria. De repenté, reconocí una melodía a piano que no escuchaba desde mi infancia: me sonaba a Peer Gynt, de Grieg, era Grieg seguro, pero lo que escuchaba no lo reconocía dentro de las suites de Peer Gynt. Busqué, escudriñé, pregunté y, por fin, hallé el título: ‘Día de boda en Trodlhaugen’. El buzón del oyente emitió un arreglo para piano de la composición que Grieg compuso para orquesta. Ese día lo terminé tarareando la melodía y con la sensación de haber ido de vacaciones a un lugar muy lejano. Entonces pongo en valor todas las veces que he aguardado con impaciencia la llegada del ya extinto boletín de Radio Clásica al buzón de casa de mis padres. A cada recepción del boletín mensual, me pertrechaba con un grueso rotulador fosforescente y subrayaba todas las obras que me interesaba grabar en las cintas de casete que imperaron en los ochenta y noventa. Así, me hice con una discoteca de música clásica que incluía, por ejemplo, las bandas sonoras de las películas de estreno, hallazgo que José Luis Pérez de Arteaga radiaba de un tirón en el programa más antiguo de la radio: ‘El mundo de la fonografía’, y que todavía se emite. Podía, también, escuchar versiones inéditas de obras que no podían encontrar en las tiendas de discos, como una versión para piano del concierto para violín de Tchaikovski, o la transcripción que hiciera Liszt para piano de todas las sinfonías de Beethoven. Y, cómo no, empecé a adentrarme en el increíble mundo del jazz gracias a los programas del ya tristemente fallecido Cifu, que Dios guarde.

El modo en que los jóvenes de hoy acceden a las obras musicales dista bastante de como lo hacíamos en las dos últimas décadas del siglo pasado. Hoy en día, con un solo click, puedes obtener en un momento toda la obra de Johann Sebastian Bach, la discografía completa de Carmen McRae o Iron Maiden. Antaño, toda la música que averiguábamos, hallábamos, obteníamos tenía un valor adicional: el de hacerlas nuestras, atesorarlas en la memoria, en una época en la que para grabar una sinfonía en una casete había que hacerlo en tiempo real, escucharla, darle al stop antes de que el locutor nos recordase qué orquesta y director había interpretado la obra. Antaño ponía el despertador a las 3 de la mañana para poder grabar una obra que sólo ponían a esa hora. Por eso, y por lo que supone y ha significado para millones de españoles, larga vida a Radio Clásica.

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