Sobre borracheras: el cine como estupefaciente

De todas la definiciones que sobre el cine se han formulado, quizá la más tajante es la que plantea Julián Marías en su libro ‘Tres visiones de la vida humana’. En el capítulo ‘La pantalla’, el filósofo español asegura que ‘la impresión que produce una cola de candidatos a espectadores es la de estar esperando una dosis de estupefaciente […] Posiblemente, la función del cine como estupefaciente es más importante que su función como arte. Piénsese en su dimensión positiva: la posibilidad de evasión’. Dicho queda. Marías advierte que el matiz no es baladí: ‘El cine como arte es importante, pero hay cosas más importantes que el arte’. Si algunos filmes versan sobre un estupefaciente como el alcohol, ya estaríamos hablando de ¿meta-estupefaciente?

Al cine sólo le ha faltado que el celuloide se pudiera revelar en alcohol, porque desde que existen rodajes, distintos tipos de destilado han estado delante y detrás de las cámaras. Delante exactamente no, porque si los actores tuvieran que beber cada vez que se repite la grabación de un plano, encontraríamos por doquier películas con actores y actrices arrastrando la erre. Pero sí los encontramos en algunas. Por ejemplo, en ‘Apocalipsis now’, de Francis Ford Coppola. En la secuencia inicial, que no estaba escrita, Martin Sheen estaba realmente borracho. Y mucho. Llevaba mucho tiempo en la habitación del hotel empinando el codo. Y Coppola decidió dejar las cámaras grabando. Incluso cuando Sheen, intentando emular una llave de karate, rompe el espejo de la habitación, Coppola prefirió no cortar la escena para que le atendiera un médico. El pulgar se fracturó y empezó a chorrear sangre como un gorrino. Pero Coppola estaba entusiasmado con lo que estaban registrando las cámaras y no pronunció ¡Corten! hasta pasado un rato. La escena quedó perfecta, pero Martin Sheen terminó el plano llorando y queriendo agredir a Coppola.

Podemos decir, sin rubor, que el alcohol ha salvado, por lo menos, un rodaje: el de ‘La reina de África’. La historia es bien conocida. El director, John Huston, yHumphrey Bogart no dejaron de beber whisky durante todo el rodaje para, según ellos, prevenir enfermedades. Bogart llamaba a su compañero de petaca ‘monstruo’ porque aseguraba que era ‘la única persona que conozco capaz de beber más whisky que yo en una sola tarde’. Durante el rodaje, gran parte del equipo de rodaje contrajo la malaria o enfermó de disentería. Menos Bogart y Huston. Llegó un momento en el rodaje en que Bogart se enjuagaba con whisky cuando se lavaba los dientes.

Se han dado muchas borracheras míticas en la pantalla. Desde el cine mudo,Charles Chaplin inaugura la ebriedad cuando llega tambaleando a su casa después de una noche de fiesta. El corto ‘A la una de la madrugada’ es una película que no le hacía mucha gracia a Chaplin una vez rodada pero tuvo mucho éxito entre el público de la época. En 1939 llega una de las obras maestras del cine: el culebrón sobre el libro de Margaret Mitchell ‘Lo que el viento se llevó’. En ella, Reth Buttler,interpretado por Clark Gable, se da a la bebida cuando produce a Scarlett (Vivian Leigh) un aborto al empujarla por las escaleras. En el rodaje no corrió el alcohol como en el de ‘La reina de África’, pero sí el tabaco. Vivian Leigh y Clark Gable no se soportaban, así que la actriz fumaba cuatro cajetillas de tabaco al día, en parte para desagradar a Gable en los planos en los que se tenían que besar. El actor contratacaba comiendo cebolla antes de las escenas íntimas. Desde luego, un rechazo que se mostró palmario en la película.

Probablemente, la película que mejor ha retratado el alcohol sea ‘Días de vino y rosas’ (1962), del director Blake Edwards. Llama la atención que sea este drama una de las películas más valoradas de un director que jalonó su filmografía a base de comedias. No obstante, venía de rodar ‘Vacaciones sin novia’ en 1958 y nada menos que ‘Desayuno con diamantes’ en 1961. La paradoja es que en este drama se conjugan el talento del mejor actor cómico del momento, Jack Lemmon, la dirección de Blake Edwards y el guión de J. P. Miller, un poeta y boxeador metido a escritor que aseguró ser un gran bebedor y haber asistido a muchas reuniones de Alcohólicos Anónimos. Desde luego, no pudo haber escrito el guión nadie mejor: un alcohólico que bebe (y escribe poesía) para evadirse y nos ofrece una película para evadirnos. Ya lo decía el filósofo: el cine es un estupefaciente.

Published in: on 2 septiembre, 2016 at 10:58 am  Dejar un comentario  

Sobre Ennio Morricone

Hace medio siglo, Ennio Morricone ya era un genio del cine. En 1966 compuso la banda sonora para el western ‘El bueno, el feo y el malo’ y el celebérrimo silbido es historia del cine desde entonces. Morricone se bandeó escribiendo música para películas italianas durante las décadas de los sesenta y los setenta hasta que tuvo la oportunidad de componer ‘Novecento’ para su compatriota Bernardo Bertolucci. La acogida que tuvo esta película en el circuito ‘mainstream’ de la época lo puso en el disparadero y al año siguiente consiguió su primera nominación por ‘Días del cielo’ de Terrence Malick.

La dedicada a Morricone fue la ovación más larga de anoche, quien conseguía el Oscar a la mejor banda sonora con 87 años por su trabajo en la película ‘Los odiosos ocho’ de Tarantino, fan incondicional del músico italiano, de quien ya se había servido de anteriores composiciones en gran parte de su filmografía.  En 2007, Morricone fue galardonado con un Oscar honorífico, pero el de ayer es el primero que obtiene por su trabajo en una banda sonora después de haber estado nominado, con ésta, hasta en seis ocasiones.

Morricone se hizo popular gracias a su excompañero de colegio, el director italiano Sergio Leone, para quien compuso la célebre trilogía del spaguetti western ‘La muerte tenía un precio’, ‘Por un puñado de dólares’ y ‘El bueno el feo y el malo’. Leone rodó en Estados Unidos ‘Erase una vez en América’ y a partir de ahí Morricone se convirtió en una referencia para los estudios de Hollywood. Trabajó con muchos directores, como por ejemplo, John Carpenter, quien lo llamó para poner música a ‘La cosa’, al ver el buen resultado que ofrecía el cine de terror que firmaba con el también italiano Dario Argento. Ya en los ochenta y los noventa, colaboró con directores como Brian de Palma, Wolfgang Petersen o, incluso, Pedro Almodóvar, para quien firmó la música de ‘¡Átame!’.

Quizá la melodía que le catapultó a la fama en Estados Unidos fue su oboe de Gabriel para ‘La misión’, partitura con un profuso desarrollo orquestal por la que estuvo nominado en 1986. Al año siguiente repetiría nominación por ‘Los intocables de Elliot Ness’, de Brian de Palma, un trabajo que recuerda mucho a la película que ganó el Oscar a mejor película de habla no inglesa dos años después: ‘Cinema Paradiso’, de Giuseppe Tornatore.

‘Bugsy’ y ‘Malena’ fueron sus últimas nominaciones al Oscar. Dieciséis años ha tenido que esperar para volver a ser nominado y, esta vez, galardonado, por una partitura que recuerda, más bien, a sus primeros trabajos para el western que a sus melodías nominadas, cercanas a un estilo más académico o clásico. Morricone ha ganado el Oscar siendo el auténtico Morricone.

Published in: on 29 febrero, 2016 at 3:37 pm  Dejar un comentario  

Sobre el pacto

 

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Decía Bismarck que el país más poderoso del mundo es España puesto que mil y una veces había intentado destruirse a sí mismo y nunca lo había conseguido. Antonio Machado escribió: ‘Españolito que vienes al mundo, una de las dos Españas ha de helarte el corazón’. Por eso el acuerdo entre Ciudadanos y PSOE es histórico aunque no tenga los apoyos suficientes. Lo ha hecho desde el centro político con vocación de irradiar a los extremos, donde PP y Podemos coinciden en no apoyarlo. Defender las diputaciones (vestigio del siglo XIX) o que gobierne la lista más votada, como sostiene Rajoy, ‘porque se ha hecho siempre así’ demuestra cuál es el criterio del presidente en funciones: seguir como siempre porque siempre se ha hecho así, no apostar por una renovación moderada y sensata. Rajoy podía quejarse antes de su declinación a la investidura de que Sánchez no quisiera si quiera hablar con él. Pero ahora no tiene derecho a quejarse. Ha rehusado. Cuando Sánchez invita a que alguien le diga dónde este pacto no es de izquierdas, nadie ha alzado la voz. Los números aquí no son lo más importante sino la voluntad política. Con tino y con intención lo han hecho amparados bajo el cuadro ‘El abrazo’, de Genovés, símbolo de la cuenta a cero que supuso la Transición, convocando a todos sin importar el color político, incluso con amnistía. Si se hizo entonces, por qué no ahora. Porque llevamos treinta años instalados en las listas cerradas y la disciplina de partido, lo que supone quebrar el criterio de cada diputado. Si hiciéramos como Lincoln, buscando congresista por congresista el apoyo para el bien común otro gallo nos cantaría. Pero, ¿por qué no ya? Rivera, Sánchez: buscad apoyos hasta debajo de las alcantarillas a ver qué rascáis.

Published in: on 27 febrero, 2016 at 4:19 pm  Dejar un comentario  

Sobre Copland y Busoni

El fin de semana pasado la Orquesta y Coro Nacionales de España acometían una empresa insólita a la vez que titánica en el Auditorio Nacional. Insólita porque era la primera vez que el conjunto nacional se enfrentaba al extenso concierto para piano y coro masculino de Ferruchio Busoni; y titánica por la extensión de la obra que, para ser un concierto para piano, alcanza los setenta minutos de duración. Desde luego, el programa de mano que uno descubría al sentarse en la butaca no correspondía con la estructura clásica de obertura, concierto para solista y sinfonía. Nos encontramos con la suite Primavera Apalache en la primera parte y un concierto para piano y coro masculino en la segunda. Reseñaba esta semana en Opera World Miguel Calleja Rodríguez:

El programa, que se repitió los dos días siguientes, era inusual como pocos, no solo por las obras a interpretar sino por la poca o ninguna relación entre ellas

Y puestos a obtener una respuesta ante la interrogante de una relación temática que siempre han buscado los programadores de repertorio en la OCNE, por lo menos hay que decir que, no siendo en rigor las dos obras sinfonías, sí se puede afirmar que han sido escritas con vocación sinfónica. La primera parte, la ‘Primavera Apalache’, de hecho yo la conocía de niño como sinfonía Apalache. No sé si alguna vez en los ochenta se habrá programado con ese sobrenombre o es un antojo de mis recuerdos pero lo que es cierto es que Aaron Copland escribió ‘Primavera Aplache’ como ballet de 14 números por encargo de la bailarina Martha Graham en 1942. Tres años más tarde, otro encargo del director Artur Rodzinski la convertiría en una suite sinfónica de 8 números en la que la música programática evoca la historia de una pareja de pioneros que se casa en el contexto de la conquista del Oeste americano. Vamos, que Ron Howard podría haberse ahorrado pagar a John Williams para componer la banda sonora de ‘Un horizonte muy lejano’. Si hubiese elegido la partitura de Copland no habría desentonado en absoluto.

La ONE, bajo la batuta del peruano Miguel Harth-Bedoya, realizó una interpretación sensible a la vez que convincente de la suite Apalache. El sonido americano es característico en esta obra donde se deja intuir en su primer movimiento ‘Very slowly’ la inmensidad de ese horizonte lejano dispuesto a ser conquistado por los pioneros americanos. La obra engarza con imaginación distintas escenas en las que se pueden intuir típicas melodías americanas como This the gift to be simple o This the gift to be free. Mención especial merece la ejecución del penúltimo movimiento Doppio movimento: Variations on a Shaker hymn, en donde se pudo escuchar cómo las diferentes familias de instrumentos alternaban la melodía de un himno, desde el arranque de la flauta y el oboe, retomada por la cuerda sustentada por el arpa, los metales y así sucesivamente hasta coincidir toda la masa orquestal en una majestuosa composición.

En la segunda parte, el poco aforo que asistió a la jornada matinal del domingo se solazó con el imponente concierto para piano y coro masculino, donde tanto el pianista ucraniano Vadym Kholodenko como el anteriormente mentado director Miguel Harth-Bedoya llevaron la página de Busoni a espacios excelsos. El largo prologo e introito, de un marcado carácter posromántico, recordaba por algunos momentos a los conciertos de Rachmaninov. El alumno de Busoni Leo Kastenberg afirmaba que en la obra se puede observar el reflejo de la creación: el espíritu de Dios que se expande sobre las aguas (primer movimiento), la belleza de la luz y del aire (segundo movimiento), Adán y Eva (tercer movimiento), el Paraíso terrenal (cuarto movimiento) y, finalmente, la contemplación de la Verdad Eterna (quinto movimiento) con el coro masculino alabando la grandiosidad de Alá. El concierto discurre por momentos sublimes y le concede al piano un enorme trabajo de concentración, pues la partitura recoge algunos de las páginas más temidas del repertorio pianístico. Busoni , aparte de compositor, fue un afamado pianista, característica que deja su impronta en la obra pero sin concederle al teclado demasiado protagonismo sino un encaje equilibrado en una obra en la que la orquesta alcanza cotas elevadas. No podemos dejar de recomendar estas palabras del programa de mano de Luca Chiantore:

Una de las características más llamativas del Concierto de Busoni es la inserción
del coro en el movimiento conclusivo. Es inevitable pensar en la Fantasía Coral de Beethoven, e incluso entre los conciertos para piano y orquesta existen precedentes: el más antiguo, el Concierto núm. 8 del entonces famosísimo Daniel Steibelt,es de 1820, anterior a la propia Novena Sinfonía de Beethoven. Los versos proceden del Aladdin de Adam Oehlenschläger, una obra teatral publicada en 1805 en lengua danesa y libremente traducida por su propio autor al alemán en 1808. La enigmática escena de la cueva mágica, con su anhelo metafísico, debió de fascinar especialmente a un neohegeliano como Busoni, que con este concierto parece buscar precisamente esa superación de la dualidad entre opuestos de la que hablan esos versos: la contraposición, en nuestro caso, entre solista y orquesta, entre música instrumental y música vocal, entre música clásica y música popular, entre tradición y progreso.

En definitiva, un concierto sorprendente por la audacia de su propuesta, con dos obras preciosas, reivindicativas cada una de sus identidades norteamericana e italiana.

Published in: on 26 febrero, 2016 at 5:20 pm  Dejar un comentario  

Sobre Tiburón

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Hace exactamente 40 años, un 19 de diciembre, que en los cines de España se estrenaba Tiburón. A los españolitos nos pilló en las puertas de la Navidad pero, a pesar de los fríos inviernos de la dictadura, el pánico no se disipó durante el deshielo primaveral y enfrentamos el verano con el acojone provocado por Spielberg, ese joven director de 27 años sin apenas trayectoria que reventó la taquilla estadounidense con su segunda cinta. Había creado el blockbuster. Lo contrató la Universal (desestimando a John Sturges y Dick Richards como primeras opciones), que había producido la primera película de Spielberg, ‘Loca evasión’, y tenían buenas referencias del joven realizador. Los productores, David Brown y Richard D. Zanuck, leyeron el libro en una noche y pensaron que sería una historia idónea para dar una vuelta de tuerca a la industria cinematográfica, que en los años 70 estaba experimentando una transformación consciente de huir de las grandes producciones de los sesenta. La elección de Spielberg les dio la razón porque reventó las taquillas de los cines estadounidenses: en tan solo dos semanas recuperó los costes de su producción y en poco más de dos meses se convirtió en la película más taquillera de la historia del cine con 470 millones de dólares recaudados.

La historia narra la visita de un tiburón blanco a las costas de un lugar de veraneo durante la temporada estival. El escualo comienza a devorar bañistas y el jefe de policía se encarga de cerrar la playa al público, con el consiguiente desacuerdo y cabreo del alcalde y los comerciantes, y de contratar a un oceanógrafo y un viejo lobo de mar para dar caza al tiburón. Durante la búsqueda, el viaje de los tres cazadores se convertirá en una empresa difícil por la mala convivencia entre el científico y el viejo marino y que en el rodaje también existió entre los actores que los interpretaron (Richard Dreyffuss y Robert Shaw respectivamente). Es una estructura narrativa que me recuerda mucho al guión de ‘El tesoro de Sierra Madre’ (1947), una de las obras maestras de John Huston. En ella, un buscador de oro llega a una ciudad mexicana en busca de un futuro mejor. Se asocia con otro buscavidas y deciden contratar en su aventura a un viejo buscador de oro que conoce los peligros de la montaña. Se repiten los mismos arquetipos de los personajes: un tipo que persigue fielmente un objetivo, otro que le acompañará y le ayudará en la empresa, y un personaje de avanzada edad con experiencia que personifica al guía. Claramente, en este paralelismo el tiburón y la montaña son lo mismo: el vértice sobre el que se construye la trama. Además, en los finales de ambas películas, los personajes estallan en una sonora carcajada: cuando el tiburón se disuelve en el mar después de estallarlo y cuando el oro se disipa entre el viento después de encontrarlo, como un modo de exorcizar los sufrimientos padecidos durante la aventura.

Published in: on 19 diciembre, 2015 at 8:13 pm  Dejar un comentario  

Sobre Christian Zacharias y Yellow Jackets

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El pasado 17 de noviembre tuve la fortuna de poder hacer un paseo musical  a través del teclado desde el siglo XVIII hasta el XXI, entre dos conciertos acaecidos en el Auditorio Nacional de Música y la sala Clamores, de suerte que desde las 19:30 hasta las 24:00 estuve disfrutando de Scarlatti, Ravel y Soler en manos del pianista Zacharias, y de un genio del jazz que irrumpió con fuerza en los ochenta, Russell Ferrante, teclista de la formación californiana Yellow Jackets.

La cita con Christian Zacharias dentro del ciclo organizado por la Fundación Scherzo bien parecía el encuentro de la feligresía habitual con el maestro de ceremonias. No en vano, Zacharias siempre acude a sus conciertos ataviado de forma sobria, al estilo de un ministro protestante, y  el público que congrega sí podemos decir que respeta religiosamente el silencio que se le debe. Asistía Zacharias con un programa que arrancaba con el virtuosismo de Scarlatti y el español Antonio Soler, que desarrollaron un lenguaje, característico del barroco, sostenido en la forma de sonata y que se significa por un desarrollo del fraseo muy profuso, veloz y vertiginoso, alcanzando cotas excelsas en las páginas del piano. Después de cada sonata, ejecutadas con pulcritud y precisión suiza, Zacharias se levantaba resuelto del banco para saludar y, sobre todo, estirar sus nudillos. Entremedias de Scarlatti y Soler, se escuchó el oasis que supone siempre una composición de Ravel, en este caso la Sonatina, compuesta en 1904 y que, basándose también en la forma de sonata clásica (como indica el título), es un tributo a las formas compositivas de Haydn.

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La segunda parte, dedicada íntegramente a Chopin, me la salté para salir escopetado en el descanso hacia la sala Clamores donde los Yellows Jackets tenían anunciado su concierto a las 21:00. Cuando llegué me encontré con bastante gente arremolinada en la entrada esperando a bajar a la sala y temía que podría encontrarse el aforo lleno y quedarme sin verlos. Pero, afortunadamente, quedaban bastantes localidades a disposición y me pertreché a babor del escenario, detrás del piano, desde donde podía apreciar con detalle el buen hacer a las teclas de Russel Ferrante. Después de un tercio de cerveza y unos quicos, el cuarteto se presentó pasada una hora, a las diez de la noche, con lo que podría haberme quedado a escuchar Chopin. Pero, bueno, renuncia aceptada con gusto. El cuarteto formado por Russel Ferrante, pianista, Bob Mintzer, saxo, William Kennedy, baterista (como integrantes principales y fundacionales de la banda) junto con el incorporado bajista Dane Alderson recrearon un conciertazo con éxitos como ‘Spirit of the West’ o la maravillosa y conmovedora ‘Geraldine’, tema que Ferrante dedicó a su mujer, pieza con un arranque melancólico en la menor en la que el saxo y el piano establecen un diálogo que modula entre varias tonalidades (el mi y el fa) para resolverse en la entrada del bajo y la batería y que llevan el tema hasta una expresividad creciente en tonalidad menor. Un concierto efusivo que emocionó al público y un diez para los nuevos gestores de la sala Clamores,  que han devuelto al local lo que siempre debió ser: un club de jazz con programación exclusivamente de jazz.

Published in: on 26 noviembre, 2015 at 9:09 pm  Dejar un comentario  

Sobre Chick Corea

Esta semana visitó un otoñal Madrid el pianista Chick Corea, en un concierto programado en el ciclo de jazz del Centro Nacional de Difusión Musical (CDNM) y enmarcado en el Festival de Otoño de Jazz de Madrid. El marco fue el Auditorio Nacional de Música, edificio cuya acústica está pensada para congregar a orquestas sinfónicas y donde la música amplificada suena con demasiada reverberación. Así, no es extraño que Corea tardase más de cinco minutos en regular a su gusto el volumen amplificado de su piano de cola para adecuarse al de los demás instrumentos. Pero lo cierto es que el técnico de sonido debió de estudiar bastante bien la sala sinfónica porque el sonido del conjunto presentado por Chick Corea sonó limpio y sin estridencias.

Arrancó el concierto con la presentación por parte del maestro de ceremonias del resto de los músicos: Tim Garland al saxo, en la guitarra Charles Altura, el cubano Carlitos del Puerto como bajista, Luisito Quintero, de Venezuela, en la percusión; y Marcus Gilmore como baterista. Y Chick Corea se presentó como sus padres le registraron. El padre, de origen español, y la madre, siciliana, le bautizaron con los nombres de Antonio Armando Corea. Esta ascendencia, su experiencia musical con Miles Davis (devoto de los ritmos españoles) y un viaje que realizara en la década de los setenta a España son los elementos que han influido en Corea para decidir a explorar la música española. Fruto de ese viaje interior es el aclamado álbum ‘Spain’, basado en la melodía del segundo movimiento del Concierto de Aranjuez de Joaquín Rodrigo y propina con la que es costumbre ya que finalice sus conciertos. Casualidad providencial fue que Rodrigo muriese el 9 de julio de 1999 y Chick Corea y Bobby McFerrin le dedicasen un merecido recuerdo sólo cuatro días después en el Festival de Jazz de Vitoria.

También se despidieron con ‘Spain’ este martes, en una versión acompañada por los maestros Jorge Pardo, a la flauta, y el Niño Josele, a la guitarra. Junto a ellos culminó una sesión que empezó con un tema de su último disco ‘The Vigil’, continuó con un tango, inspirado en su madre, Anna, con un prístino aroma argentino y en el que el contrabajista de La Habana (remedo de Gustavo Dudamel en entrega, energía y pelo) hizo las delicias de los concurrentes en una improvisación larga, afanosa e imaginativa. A continuación Corea invitó a pisar la tarima del  Auditorio al Niño Josele y Jorge Pardo para atacar Zyryab en un contundente homenaje a Paco de Lucía, con quien compartió su última actuación hace tres veranos antes de su fallecimiento al invierno siguiente. Otra casualidad providencial. Y, tras un entregado aplauso del respetable, la formación (junto a los invitados) culminó casi dos horas de concierto con Spain, con cierto aire sabrosón e ingeniosas improvisaciones, incluidas las del público, al que invitó Corea a repetir una serie de tarareos. La salida lluviosa tras el espectáculo nos hizo dudar de que todavía estábamos en España.

Published in: on 30 octubre, 2015 at 7:02 am  Dejar un comentario  

Sobre Radio Clásica

La emisora de Radio Nacional de España (RNE) Radio Clásica cumple cincuenta años sin haber perdido un ápice de su cometido cultural. Nació en plena dictadura con la misión de educar en la música clásica a la generación de la posguerra y sembró la vocación en miles de músicos que hoy desempeñan su profesión en multitud de orquestas y conjuntos musicales. Ingresar en el espacio europeo de radiodifusión allá por la década de los sesenta fue todo un hallazgo para miles de españoles que por las ondas escuchaban un amplio abanico de orquestas europeas.

Ya instaurada la democracia, cuando yo era apenas un tierno infante, mi padre sintonizaba el 96.5 de la FM los sábados por la mañana y escuchábamos a Gershwin, Ravel, Grieg… y obras desconocidas como la suite del Gran Cañón de Ferde Grofé. Todas las músicas sinfónicas se han paseado por mi cabeza las mañanas de los fines de semana. Recuerdo, sin ir más lejos, que este verano, conduciendo en el coche, Radio Clásica me activó un recuerdo congelado en la memoria. De repenté, reconocí una melodía a piano que no escuchaba desde mi infancia: me sonaba a Peer Gynt, de Grieg, era Grieg seguro, pero lo que escuchaba no lo reconocía dentro de las suites de Peer Gynt. Busqué, escudriñé, pregunté y, por fin, hallé el título: ‘Día de boda en Trodlhaugen’. El buzón del oyente emitió un arreglo para piano de la composición que Grieg compuso para orquesta. Ese día lo terminé tarareando la melodía y con la sensación de haber ido de vacaciones a un lugar muy lejano. Entonces pongo en valor todas las veces que he aguardado con impaciencia la llegada del ya extinto boletín de Radio Clásica al buzón de casa de mis padres. A cada recepción del boletín mensual, me pertrechaba con un grueso rotulador fosforescente y subrayaba todas las obras que me interesaba grabar en las cintas de casete que imperaron en los ochenta y noventa. Así, me hice con una discoteca de música clásica que incluía, por ejemplo, las bandas sonoras de las películas de estreno, hallazgo que José Luis Pérez de Arteaga radiaba de un tirón en el programa más antiguo de la radio: ‘El mundo de la fonografía’, y que todavía se emite. Podía, también, escuchar versiones inéditas de obras que no podían encontrar en las tiendas de discos, como una versión para piano del concierto para violín de Tchaikovski, o la transcripción que hiciera Liszt para piano de todas las sinfonías de Beethoven. Y, cómo no, empecé a adentrarme en el increíble mundo del jazz gracias a los programas del ya tristemente fallecido Cifu, que Dios guarde.

El modo en que los jóvenes de hoy acceden a las obras musicales dista bastante de como lo hacíamos en las dos últimas décadas del siglo pasado. Hoy en día, con un solo click, puedes obtener en un momento toda la obra de Johann Sebastian Bach, la discografía completa de Carmen McRae o Iron Maiden. Antaño, toda la música que averiguábamos, hallábamos, obteníamos tenía un valor adicional: el de hacerlas nuestras, atesorarlas en la memoria, en una época en la que para grabar una sinfonía en una casete había que hacerlo en tiempo real, escucharla, darle al stop antes de que el locutor nos recordase qué orquesta y director había interpretado la obra. Antaño ponía el despertador a las 3 de la mañana para poder grabar una obra que sólo ponían a esa hora. Por eso, y por lo que supone y ha significado para millones de españoles, larga vida a Radio Clásica.

Published in: on 27 octubre, 2015 at 10:10 pm  Dejar un comentario  

Sobre la obra de arte total

Han tenido que pasar 130 años para que se cumpliese el deseo de Richard Wagner de la creación de la gesamtkunstwerk, la obra de arte total, que integrase la música el teatro y las artes visuales. Han pasado 40 años para que mis sentidos hayan sido testigos del acontecimiento histórico y ha pasado ya una semana y mi retina, mi tímpano, mi yunque, mi martillo, mi oído interno, mi cerebro y mi corazón mantienen inmaculada la experiencia. Y hablamos de algo histórico, sí, porque era la primera vez que se proyectaba en España (más allá del acompañamiento musical de películas mudas) una película sonora con la banda sonora interpretada y sincronizada en su sitio y momento, y en riguroso directo.

Podrían haber sido muchas las candidatas. Quién no hubiera pagado por ver y escuchar ‘La lista de Schindler’, ‘El paciente inglés’ o ‘Espartaco’, por poner algunos ejemplos. Pero la elegida fue la primera parte de la tetralogía de ‘El señor de los anillos’, ‘La comunidad del anillo’, dirigida y concebida por Peter Jackson, musicada por Howard Shore e interpretada a los atriles por la Orquesta y Coro Nacionales de España y la Escolanía del Sagrado Corazón de Rosales. No ha tenido mucha repercusión en los medios, no ha abierto portadas de los periódicos, más allá de este reportaje en la web de elmundo.es, que firma un servidor. ¿Por qué? Pues probablemente porque se trata de una película que concita a una legión de fans que se desmarca del perfil de melómanos y cinéfilos –aunque entre ellos los haya– y la opinión pública ha traído en denominar friquis o incondicionales del universo tolkeniano. Pero si la elegida hubiera sido ‘2001, una odisea en el espacio’ o ‘Lawrence de Arabia’ ya habrían venido los tótem de la crítica cinematográfica y musical a inclinar su cerviz y a bautizarlo como el espectáculo del siglo. Y, en verdad, así lo fue.

Acompañar a Frodo Bolsón en el comienzo de su aventura épica de llevar el anillo de poder hasta el Monte del Destino para destruirlo, entrar en los intrincados laberintos de la cueva de Moria, ver a Gandalf enfrentarse al Balrog ha sido una experiencia única con la entrega de los músicos de la ONE. Cortos se quedan los epítetos para adjetivarlo: apoteósico, colosal, asombroso, imprescindible, épico, bello, extraordinario, fabuloso, despampanante, descomunal, magistral y, sobre todo, sublime.

Published in: on 12 enero, 2015 at 12:00 pm  Comments (3)  

Sobre Montia

Premisa 1: En el portal del apartamento que hemos alquilado este verano para pasar las vacaciones en San Lorenzo de El Escorial, lucen hermosas unas flores por las que mi mujer preguntó al conserje: “Tajetes, se llaman tajetes.” Premisa 2: En el restaurante Montia, donde comí con mi mujer y unos amigos del Liceo del Vino el pasado día 3, nos presentaron en el cuarto plato una propuesta culinaria con, según nos explicaron, pétalos de Tajete. Silogismo: Efectivamente, en Montia no mienten. Todos los productos que presentan en su menú son, como ellos defienden, de la zona. Desde la pularda segoviana, pasando por el pan de Cercedilla (Camorritos exactamente), verduras de una huerta ecológica de Guadalix de la Sierra y, cómo no, las flores del pueblo. Todas las fotos que aparecen están tomadas por mis compañeros y amigos del Liceo del Vino José Luis y Samuel. IMG-20140804-WA0061 Porque lo más importante para el cocinero jefe, Daniel Ochoa, y su socio, Luis Moreno, es reivindicar los productos de monte, que tanto tiempo han quedado condenados al ostracismo, como cualquieras otros productos de calidad españoles, como los que otorgan los pescadores y ganaderos españoles. Montia se compromete a ofrecer una experiencia gastronómica de alta cocina, comparable a cualquier estrella Michelin, con unos precios popularísimos: 30 euros el menú corto y 40 euros el menú largo. Así es que preferimos que Michelin no la incluya en su firmamento… porque si no ¡los precios van a subir! El privilegio de sentarse a comer en la calle Calvario, número 4, de San Lorenzo de el Escorial, en Montia, es, sin ningún atisbo de duda, estar preparado para encontrar el mejor menú de la sierra madrileña, menú que no consta en ninguna carta y que cambia todas las semanas. Estoy seguro de que uno de mis compañeros y amigos comensales, José Luis Díez, plasmará en su bitácora El curioso observador una reseña gastronómica mucho más acertada que mis impresiones. Aquí subrayaré algunos aspectos que me gustaría destacar de comer en Montia. Para empezar, la conclusión que obtuve después de estar en Montia es la de que vas a comer a un lugar en el que se repite el mismo cauce de la comida española: empezar con una cervezita, seguir con unos aperitivos, tomar luego pescado y carne, unos postres, café y licorcito. Vamos, lo habitual en casi todos los sitios. Sin embargo, el resultado es completamente distinto porque Montia es un restaurante en el que te lo dan todo hecho: no tienes que elegir los platos (ya que no hay carta) ni los vinos (ya que eligen maridaje por ti). Cuando te presentan el plato delante de tus narices te explican detalladamente la elaboración del plato y, anteriormente, la oportuna sumiller te resume también el vino (todos ecológicos) con el que vas a maridar. Comenzamos con la apoteosis de Montia, el menú largo de 14 platos: IMG-20140804-WA0059 Al sentarse en la mesa, se puede apreciar mantelería blanca y decoración minimalista, toda relacionada con el monte: una piedra para sujetar la servilleta que cuelga por la mesa y unos florecillas del monte insertas en un pedrusco. IMG-20140804-WA0056 Panes artesanos de la finca biodinámica Río Padrillo (Camorritos): hogaza de pan blanco y de trigo kamut (cereal descubierto en Egipto, como nos indica el cocinero). Para untar, mantequilla de La Colmenareña, de Colmenar Viejo. IMG-20140804-WA0055 Empezamos con unos aperitivos: emparedado de bonito con alcaparras, patata con liebre y trompeta de la muerte y gazpacho de sandía. Maridado con: IMG-20140804-WA0054 Un cava alpujarreño, con uvas que crecen en el viñedo más alto de Europa: 1.400 metros de altitud. Elaborado por el Manuel Valenzuela, con levaduras autóctonas de forma espontánea. Una vez finalizada la fermentación el vino se deja decantar de forma natural. Permanece en fermentación por un periodo mínimo de 18 meses, tras el cual se dispone en pupitres inclinados durante 24 días, donde se gira manualmente 1/8 de vuelta diario, repitiéndose el proceso dos veces más, cada una de ellas con un grado de inclinación mayor. IMG-20140804-WA0052 Seguimos con un plato elaborado con láminas de remolacha completadas con eferificaciones de queso, rábano y helado de tomate. Un plato fresquito para continuar. IMG-20140804-WA0051 La Peguera, uva albillo de 2013. Efectivamente, producto de la zona, de Gredos, La Peguera es una finca de cepas de albillo en suelo granítico. Volvemos a un caldo elaborado mediante la Agricultura Biodinámica, macerado y fermentado con los hollejos, en frío, y madurado en barrica de roble durante unos dos meses hasta su embotellado. Como primera impresión, un vino turbio. En nariz, aromas de manzana y levadura. Vino versátil que nos sirvió para maridar los siguientes cuatro platos. IMG-20140804-WA0050 Una vuelta a la tradicional receta del pisto. Barca de patata con huevos de codorniz, emulsión de sofrito y pimentón dulce de la Vera. IMG-20140804-WA0048 Un plato de pescado de agua dulce del cual no recuerdo el nombre, pero que provenía de un pantano cercano, acompañado de una salsa agria y huevas de salmón. Aquí están los pétalos de tajete a los que me refería en el arranque de la crónica. IMG-20140804-WA0047 Salmorejo de flores de morera (sí, la que comen los gusanos de seda) con sardina, huevo y picatostes. IMG-20140804-WA0045 Uno de los platos que más gustó entre los cuatro: chipirón templado con berenjena, emulsión de limón y judía verde. IMG-20140804-WA0044 Cambiamos de vino para maridar los siguientes tres platos de carne. Vino polivarietal tinerfeño con explosión de uvas: Negramol, Listan Negro, Moscatel Negra, Listan Gacho, Vijariego Negro, Listan Prieto, Baboso, Malvasia Negra de viñas plantadas en suelo volcánico por cuatro estudiantes agrónomos en una de las plantaciones más septentrionales de la isla. Tras la fermentación maloláctica, el vino permaneció en barrica con sus propias lías durante 8 meses. Color cereza intenso, en nariz recuerdos de fresa, tinta, regaliz. En boca, muy balsámico y con un poquito de acidez. IMG-20140804-WA0043 Pechuga de pularda macerada con limón y un toque de brasa. Riquísima. IMG-20140804-WA0040 Albóndiga de pularda con alcaparras. IMG-20140804-WA0039 Y, para mí, el mejor plato del menú: manita de cerdo con salsa de albahaca, alcachofa y zanahoria. Qué manjar. Lo gelatinoso que estaba el plato con la frescura de la albahaca daba a la propuesta un toque de rebeldía. IMG-20140804-WA0037 Cambiamos de vino para maridar el último plato (la tradicional receta de callos a la madrileña). Vino de la D.O. de Montsant (no confundir con la multinacional de semillitas), de la comunidad autónoma de Cataluña. Syrah y Garnacha perfectamente compenetradas biodinámicamente, por supuesto. Con cada trago después de los callos se borraba completamente esa untuosidad que queda en la boca después de una cucharada de la celebérrima receta madrileña. IMG-20140804-WA0033 Callos a la madrileña con un toque fresco del albahaca, la hierba aromática favorita de Montia. IMG-20140804-WA0028 Tabla de quesos que nos pusieron con un refresco de la casa y el vino de postre para maridar: ¡Surprise! IMG-20140804-WA0025 Vino cercano de la zona, del pueblo de Cebreros. IMG-20140804-WA0021 Sidra de pera de la Bretaña francesa para los postres. IMG-20140804-WA0020 Sopa de frutos rojos, judías verdes y helado. IMG-20140804-WA0018 El mejor postres de todos. Sabía sólo a monte: a pino, a retama, a jara. Una delicia. IMG-20140804-WA0015 Y el último vino para rematar el último postre. El famoso vino de Montia, La Cosa. IMG-20140804-WA0014 Y el último postre, el tercero, de un menú de catorce platos que nos cautivó a los cuatro. Por último, café y licores, de vodka de saúco y de limón. IMG-20140804-WA0010IMG-20140804-WA0005 La propuesta de Montia es siempre una sorpresa. Como todas las semanas cambian el menú, volveremos para seguir probando platos riquísimos de alta cocina por precios asequibles y para reivindicar, por supuesto, la gastronomía de monte, la caza menor y la huerta madrileña.

Published in: on 12 agosto, 2014 at 8:55 pm  Comments (1)