Sobre Tiburón

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Hace exactamente 40 años, un 19 de diciembre, que en los cines de España se estrenaba Tiburón. A los españolitos nos pilló en las puertas de la Navidad pero, a pesar de los fríos inviernos de la dictadura, el pánico no se disipó durante el deshielo primaveral y enfrentamos el verano con el acojone provocado por Spielberg, ese joven director de 27 años sin apenas trayectoria que reventó la taquilla estadounidense con su segunda cinta. Había creado el blockbuster. Lo contrató la Universal (desestimando a John Sturges y Dick Richards como primeras opciones), que había producido la primera película de Spielberg, ‘Loca evasión’, y tenían buenas referencias del joven realizador. Los productores, David Brown y Richard D. Zanuck, leyeron el libro en una noche y pensaron que sería una historia idónea para dar una vuelta de tuerca a la industria cinematográfica, que en los años 70 estaba experimentando una transformación consciente de huir de las grandes producciones de los sesenta. La elección de Spielberg les dio la razón porque reventó las taquillas de los cines estadounidenses: en tan solo dos semanas recuperó los costes de su producción y en poco más de dos meses se convirtió en la película más taquillera de la historia del cine con 470 millones de dólares recaudados.

La historia narra la visita de un tiburón blanco a las costas de un lugar de veraneo durante la temporada estival. El escualo comienza a devorar bañistas y el jefe de policía se encarga de cerrar la playa al público, con el consiguiente desacuerdo y cabreo del alcalde y los comerciantes, y de contratar a un oceanógrafo y un viejo lobo de mar para dar caza al tiburón. Durante la búsqueda, el viaje de los tres cazadores se convertirá en una empresa difícil por la mala convivencia entre el científico y el viejo marino y que en el rodaje también existió entre los actores que los interpretaron (Richard Dreyffuss y Robert Shaw respectivamente). Es una estructura narrativa que me recuerda mucho al guión de ‘El tesoro de Sierra Madre’ (1947), una de las obras maestras de John Huston. En ella, un buscador de oro llega a una ciudad mexicana en busca de un futuro mejor. Se asocia con otro buscavidas y deciden contratar en su aventura a un viejo buscador de oro que conoce los peligros de la montaña. Se repiten los mismos arquetipos de los personajes: un tipo que persigue fielmente un objetivo, otro que le acompañará y le ayudará en la empresa, y un personaje de avanzada edad con experiencia que personifica al guía. Claramente, en este paralelismo el tiburón y la montaña son lo mismo: el vértice sobre el que se construye la trama. Además, en los finales de ambas películas, los personajes estallan en una sonora carcajada: cuando el tiburón se disuelve en el mar después de estallarlo y cuando el oro se disipa entre el viento después de encontrarlo, como un modo de exorcizar los sufrimientos padecidos durante la aventura.

Published in: on 19 diciembre, 2015 at 8:13 pm  Dejar un comentario  

Sobre Christian Zacharias y Yellow Jackets

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El pasado 17 de noviembre tuve la fortuna de poder hacer un paseo musical  a través del teclado desde el siglo XVIII hasta el XXI, entre dos conciertos acaecidos en el Auditorio Nacional de Música y la sala Clamores, de suerte que desde las 19:30 hasta las 24:00 estuve disfrutando de Scarlatti, Ravel y Soler en manos del pianista Zacharias, y de un genio del jazz que irrumpió con fuerza en los ochenta, Russell Ferrante, teclista de la formación californiana Yellow Jackets.

La cita con Christian Zacharias dentro del ciclo organizado por la Fundación Scherzo bien parecía el encuentro de la feligresía habitual con el maestro de ceremonias. No en vano, Zacharias siempre acude a sus conciertos ataviado de forma sobria, al estilo de un ministro protestante, y  el público que congrega sí podemos decir que respeta religiosamente el silencio que se le debe. Asistía Zacharias con un programa que arrancaba con el virtuosismo de Scarlatti y el español Antonio Soler, que desarrollaron un lenguaje, característico del barroco, sostenido en la forma de sonata y que se significa por un desarrollo del fraseo muy profuso, veloz y vertiginoso, alcanzando cotas excelsas en las páginas del piano. Después de cada sonata, ejecutadas con pulcritud y precisión suiza, Zacharias se levantaba resuelto del banco para saludar y, sobre todo, estirar sus nudillos. Entremedias de Scarlatti y Soler, se escuchó el oasis que supone siempre una composición de Ravel, en este caso la Sonatina, compuesta en 1904 y que, basándose también en la forma de sonata clásica (como indica el título), es un tributo a las formas compositivas de Haydn.

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La segunda parte, dedicada íntegramente a Chopin, me la salté para salir escopetado en el descanso hacia la sala Clamores donde los Yellows Jackets tenían anunciado su concierto a las 21:00. Cuando llegué me encontré con bastante gente arremolinada en la entrada esperando a bajar a la sala y temía que podría encontrarse el aforo lleno y quedarme sin verlos. Pero, afortunadamente, quedaban bastantes localidades a disposición y me pertreché a babor del escenario, detrás del piano, desde donde podía apreciar con detalle el buen hacer a las teclas de Russel Ferrante. Después de un tercio de cerveza y unos quicos, el cuarteto se presentó pasada una hora, a las diez de la noche, con lo que podría haberme quedado a escuchar Chopin. Pero, bueno, renuncia aceptada con gusto. El cuarteto formado por Russel Ferrante, pianista, Bob Mintzer, saxo, William Kennedy, baterista (como integrantes principales y fundacionales de la banda) junto con el incorporado bajista Dane Alderson recrearon un conciertazo con éxitos como ‘Spirit of the West’ o la maravillosa y conmovedora ‘Geraldine’, tema que Ferrante dedicó a su mujer, pieza con un arranque melancólico en la menor en la que el saxo y el piano establecen un diálogo que modula entre varias tonalidades (el mi y el fa) para resolverse en la entrada del bajo y la batería y que llevan el tema hasta una expresividad creciente en tonalidad menor. Un concierto efusivo que emocionó al público y un diez para los nuevos gestores de la sala Clamores,  que han devuelto al local lo que siempre debió ser: un club de jazz con programación exclusivamente de jazz.

Published in: on 26 noviembre, 2015 at 9:09 pm  Dejar un comentario  

Sobre Chick Corea

Esta semana visitó un otoñal Madrid el pianista Chick Corea, en un concierto programado en el ciclo de jazz del Centro Nacional de Difusión Musical (CDNM) y enmarcado en el Festival de Otoño de Jazz de Madrid. El marco fue el Auditorio Nacional de Música, edificio cuya acústica está pensada para congregar a orquestas sinfónicas y donde la música amplificada suena con demasiada reverberación. Así, no es extraño que Corea tardase más de cinco minutos en regular a su gusto el volumen amplificado de su piano de cola para adecuarse al de los demás instrumentos. Pero lo cierto es que el técnico de sonido debió de estudiar bastante bien la sala sinfónica porque el sonido del conjunto presentado por Chick Corea sonó limpio y sin estridencias.

Arrancó el concierto con la presentación por parte del maestro de ceremonias del resto de los músicos: Tim Garland al saxo, en la guitarra Charles Altura, el cubano Carlitos del Puerto como bajista, Luisito Quintero, de Venezuela, en la percusión; y Marcus Gilmore como baterista. Y Chick Corea se presentó como sus padres le registraron. El padre, de origen español, y la madre, siciliana, le bautizaron con los nombres de Antonio Armando Corea. Esta ascendencia, su experiencia musical con Miles Davis (devoto de los ritmos españoles) y un viaje que realizara en la década de los setenta a España son los elementos que han influido en Corea para decidir a explorar la música española. Fruto de ese viaje interior es el aclamado álbum ‘Spain’, basado en la melodía del segundo movimiento del Concierto de Aranjuez de Joaquín Rodrigo y propina con la que es costumbre ya que finalice sus conciertos. Casualidad providencial fue que Rodrigo muriese el 9 de julio de 1999 y Chick Corea y Bobby McFerrin le dedicasen un merecido recuerdo sólo cuatro días después en el Festival de Jazz de Vitoria.

También se despidieron con ‘Spain’ este martes, en una versión acompañada por los maestros Jorge Pardo, a la flauta, y el Niño Josele, a la guitarra. Junto a ellos culminó una sesión que empezó con un tema de su último disco ‘The Vigil’, continuó con un tango, inspirado en su madre, Anna, con un prístino aroma argentino y en el que el contrabajista de La Habana (remedo de Gustavo Dudamel en entrega, energía y pelo) hizo las delicias de los concurrentes en una improvisación larga, afanosa e imaginativa. A continuación Corea invitó a pisar la tarima del  Auditorio al Niño Josele y Jorge Pardo para atacar Zyryab en un contundente homenaje a Paco de Lucía, con quien compartió su última actuación hace tres veranos antes de su fallecimiento al invierno siguiente. Otra casualidad providencial. Y, tras un entregado aplauso del respetable, la formación (junto a los invitados) culminó casi dos horas de concierto con Spain, con cierto aire sabrosón e ingeniosas improvisaciones, incluidas las del público, al que invitó Corea a repetir una serie de tarareos. La salida lluviosa tras el espectáculo nos hizo dudar de que todavía estábamos en España.

Published in: on 30 octubre, 2015 at 7:02 am  Dejar un comentario  

Sobre Radio Clásica

La emisora de Radio Nacional de España (RNE) Radio Clásica cumple cincuenta años sin haber perdido un ápice de su cometido cultural. Nació en plena dictadura con la misión de educar en la música clásica a la generación de la posguerra y sembró la vocación en miles de músicos que hoy desempeñan su profesión en multitud de orquestas y conjuntos musicales. Ingresar en el espacio europeo de radiodifusión allá por la década de los sesenta fue todo un hallazgo para miles de españoles que por las ondas escuchaban un amplio abanico de orquestas europeas.

Ya instaurada la democracia, cuando yo era apenas un tierno infante, mi padre sintonizaba el 96.5 de la FM los sábados por la mañana y escuchábamos a Gershwin, Ravel, Grieg… y obras desconocidas como la suite del Gran Cañón de Ferde Grofé. Todas las músicas sinfónicas se han paseado por mi cabeza las mañanas de los fines de semana. Recuerdo, sin ir más lejos, que este verano, conduciendo en el coche, Radio Clásica me activó un recuerdo congelado en la memoria. De repenté, reconocí una melodía a piano que no escuchaba desde mi infancia: me sonaba a Peer Gynt, de Grieg, era Grieg seguro, pero lo que escuchaba no lo reconocía dentro de las suites de Peer Gynt. Busqué, escudriñé, pregunté y, por fin, hallé el título: ‘Día de boda en Trodlhaugen’. El buzón del oyente emitió un arreglo para piano de la composición que Grieg compuso para orquesta. Ese día lo terminé tarareando la melodía y con la sensación de haber ido de vacaciones a un lugar muy lejano. Entonces pongo en valor todas las veces que he aguardado con impaciencia la llegada del ya extinto boletín de Radio Clásica al buzón de casa de mis padres. A cada recepción del boletín mensual, me pertrechaba con un grueso rotulador fosforescente y subrayaba todas las obras que me interesaba grabar en las cintas de casete que imperaron en los ochenta y noventa. Así, me hice con una discoteca de música clásica que incluía, por ejemplo, las bandas sonoras de las películas de estreno, hallazgo que José Luis Pérez de Arteaga radiaba de un tirón en el programa más antiguo de la radio: ‘El mundo de la fonografía’, y que todavía se emite. Podía, también, escuchar versiones inéditas de obras que no podían encontrar en las tiendas de discos, como una versión para piano del concierto para violín de Tchaikovski, o la transcripción que hiciera Liszt para piano de todas las sinfonías de Beethoven. Y, cómo no, empecé a adentrarme en el increíble mundo del jazz gracias a los programas del ya tristemente fallecido Cifu, que Dios guarde.

El modo en que los jóvenes de hoy acceden a las obras musicales dista bastante de como lo hacíamos en las dos últimas décadas del siglo pasado. Hoy en día, con un solo click, puedes obtener en un momento toda la obra de Johann Sebastian Bach, la discografía completa de Carmen McRae o Iron Maiden. Antaño, toda la música que averiguábamos, hallábamos, obteníamos tenía un valor adicional: el de hacerlas nuestras, atesorarlas en la memoria, en una época en la que para grabar una sinfonía en una casete había que hacerlo en tiempo real, escucharla, darle al stop antes de que el locutor nos recordase qué orquesta y director había interpretado la obra. Antaño ponía el despertador a las 3 de la mañana para poder grabar una obra que sólo ponían a esa hora. Por eso, y por lo que supone y ha significado para millones de españoles, larga vida a Radio Clásica.

Published in: on 27 octubre, 2015 at 10:10 pm  Dejar un comentario  

Sobre la obra de arte total

Han tenido que pasar 130 años para que se cumpliese el deseo de Richard Wagner de la creación de la gesamtkunstwerk, la obra de arte total, que integrase la música el teatro y las artes visuales. Han pasado 40 años para que mis sentidos hayan sido testigos del acontecimiento histórico y ha pasado ya una semana y mi retina, mi tímpano, mi yunque, mi martillo, mi oído interno, mi cerebro y mi corazón mantienen inmaculada la experiencia. Y hablamos de algo histórico, sí, porque era la primera vez que se proyectaba en España (más allá del acompañamiento musical de películas mudas) una película sonora con la banda sonora interpretada y sincronizada en su sitio y momento, y en riguroso directo.

Podrían haber sido muchas las candidatas. Quién no hubiera pagado por ver y escuchar ‘La lista de Schindler’, ‘El paciente inglés’ o ‘Espartaco’, por poner algunos ejemplos. Pero la elegida fue la primera parte de la tetralogía de ‘El señor de los anillos’, ‘La comunidad del anillo’, dirigida y concebida por Peter Jackson, musicada por Howard Shore e interpretada a los atriles por la Orquesta y Coro Nacionales de España y la Escolanía del Sagrado Corazón de Rosales. No ha tenido mucha repercusión en los medios, no ha abierto portadas de los periódicos, más allá de este reportaje en la web de elmundo.es, que firma un servidor. ¿Por qué? Pues probablemente porque se trata de una película que concita a una legión de fans que se desmarca del perfil de melómanos y cinéfilos –aunque entre ellos los haya– y la opinión pública ha traído en denominar friquis o incondicionales del universo tolkeniano. Pero si la elegida hubiera sido ‘2001, una odisea en el espacio’ o ‘Lawrence de Arabia’ ya habrían venido los tótem de la crítica cinematográfica y musical a inclinar su cerviz y a bautizarlo como el espectáculo del siglo. Y, en verdad, así lo fue.

Acompañar a Frodo Bolsón en el comienzo de su aventura épica de llevar el anillo de poder hasta el Monte del Destino para destruirlo, entrar en los intrincados laberintos de la cueva de Moria, ver a Gandalf enfrentarse al Balrog ha sido una experiencia única con la entrega de los músicos de la ONE. Cortos se quedan los epítetos para adjetivarlo: apoteósico, colosal, asombroso, imprescindible, épico, bello, extraordinario, fabuloso, despampanante, descomunal, magistral y, sobre todo, sublime.

Published in: on 12 enero, 2015 at 12:00 pm  Comments (3)  

Sobre Montia

Premisa 1: En el portal del apartamento que hemos alquilado este verano para pasar las vacaciones en San Lorenzo de El Escorial, lucen hermosas unas flores por las que mi mujer preguntó al conserje: “Tajetes, se llaman tajetes.” Premisa 2: En el restaurante Montia, donde comí con mi mujer y unos amigos del Liceo del Vino el pasado día 3, nos presentaron en el cuarto plato una propuesta culinaria con, según nos explicaron, pétalos de Tajete. Silogismo: Efectivamente, en Montia no mienten. Todos los productos que presentan en su menú son, como ellos defienden, de la zona. Desde la pularda segoviana, pasando por el pan de Cercedilla (Camorritos exactamente), verduras de una huerta ecológica de Guadalix de la Sierra y, cómo no, las flores del pueblo. Todas las fotos que aparecen están tomadas por mis compañeros y amigos del Liceo del Vino José Luis y Samuel. IMG-20140804-WA0061 Porque lo más importante para el cocinero jefe, Daniel Ochoa, y su socio, Luis Moreno, es reivindicar los productos de monte, que tanto tiempo han quedado condenados al ostracismo, como cualquieras otros productos de calidad españoles, como los que otorgan los pescadores y ganaderos españoles. Montia se compromete a ofrecer una experiencia gastronómica de alta cocina, comparable a cualquier estrella Michelin, con unos precios popularísimos: 30 euros el menú corto y 40 euros el menú largo. Así es que preferimos que Michelin no la incluya en su firmamento… porque si no ¡los precios van a subir! El privilegio de sentarse a comer en la calle Calvario, número 4, de San Lorenzo de el Escorial, en Montia, es, sin ningún atisbo de duda, estar preparado para encontrar el mejor menú de la sierra madrileña, menú que no consta en ninguna carta y que cambia todas las semanas. Estoy seguro de que uno de mis compañeros y amigos comensales, José Luis Díez, plasmará en su bitácora El curioso observador una reseña gastronómica mucho más acertada que mis impresiones. Aquí subrayaré algunos aspectos que me gustaría destacar de comer en Montia. Para empezar, la conclusión que obtuve después de estar en Montia es la de que vas a comer a un lugar en el que se repite el mismo cauce de la comida española: empezar con una cervezita, seguir con unos aperitivos, tomar luego pescado y carne, unos postres, café y licorcito. Vamos, lo habitual en casi todos los sitios. Sin embargo, el resultado es completamente distinto porque Montia es un restaurante en el que te lo dan todo hecho: no tienes que elegir los platos (ya que no hay carta) ni los vinos (ya que eligen maridaje por ti). Cuando te presentan el plato delante de tus narices te explican detalladamente la elaboración del plato y, anteriormente, la oportuna sumiller te resume también el vino (todos ecológicos) con el que vas a maridar. Comenzamos con la apoteosis de Montia, el menú largo de 14 platos: IMG-20140804-WA0059 Al sentarse en la mesa, se puede apreciar mantelería blanca y decoración minimalista, toda relacionada con el monte: una piedra para sujetar la servilleta que cuelga por la mesa y unos florecillas del monte insertas en un pedrusco. IMG-20140804-WA0056 Panes artesanos de la finca biodinámica Río Padrillo (Camorritos): hogaza de pan blanco y de trigo kamut (cereal descubierto en Egipto, como nos indica el cocinero). Para untar, mantequilla de La Colmenareña, de Colmenar Viejo. IMG-20140804-WA0055 Empezamos con unos aperitivos: emparedado de bonito con alcaparras, patata con liebre y trompeta de la muerte y gazpacho de sandía. Maridado con: IMG-20140804-WA0054 Un cava alpujarreño, con uvas que crecen en el viñedo más alto de Europa: 1.400 metros de altitud. Elaborado por el Manuel Valenzuela, con levaduras autóctonas de forma espontánea. Una vez finalizada la fermentación el vino se deja decantar de forma natural. Permanece en fermentación por un periodo mínimo de 18 meses, tras el cual se dispone en pupitres inclinados durante 24 días, donde se gira manualmente 1/8 de vuelta diario, repitiéndose el proceso dos veces más, cada una de ellas con un grado de inclinación mayor. IMG-20140804-WA0052 Seguimos con un plato elaborado con láminas de remolacha completadas con eferificaciones de queso, rábano y helado de tomate. Un plato fresquito para continuar. IMG-20140804-WA0051 La Peguera, uva albillo de 2013. Efectivamente, producto de la zona, de Gredos, La Peguera es una finca de cepas de albillo en suelo granítico. Volvemos a un caldo elaborado mediante la Agricultura Biodinámica, macerado y fermentado con los hollejos, en frío, y madurado en barrica de roble durante unos dos meses hasta su embotellado. Como primera impresión, un vino turbio. En nariz, aromas de manzana y levadura. Vino versátil que nos sirvió para maridar los siguientes cuatro platos. IMG-20140804-WA0050 Una vuelta a la tradicional receta del pisto. Barca de patata con huevos de codorniz, emulsión de sofrito y pimentón dulce de la Vera. IMG-20140804-WA0048 Un plato de pescado de agua dulce del cual no recuerdo el nombre, pero que provenía de un pantano cercano, acompañado de una salsa agria y huevas de salmón. Aquí están los pétalos de tajete a los que me refería en el arranque de la crónica. IMG-20140804-WA0047 Salmorejo de flores de morera (sí, la que comen los gusanos de seda) con sardina, huevo y picatostes. IMG-20140804-WA0045 Uno de los platos que más gustó entre los cuatro: chipirón templado con berenjena, emulsión de limón y judía verde. IMG-20140804-WA0044 Cambiamos de vino para maridar los siguientes tres platos de carne. Vino polivarietal tinerfeño con explosión de uvas: Negramol, Listan Negro, Moscatel Negra, Listan Gacho, Vijariego Negro, Listan Prieto, Baboso, Malvasia Negra de viñas plantadas en suelo volcánico por cuatro estudiantes agrónomos en una de las plantaciones más septentrionales de la isla. Tras la fermentación maloláctica, el vino permaneció en barrica con sus propias lías durante 8 meses. Color cereza intenso, en nariz recuerdos de fresa, tinta, regaliz. En boca, muy balsámico y con un poquito de acidez. IMG-20140804-WA0043 Pechuga de pularda macerada con limón y un toque de brasa. Riquísima. IMG-20140804-WA0040 Albóndiga de pularda con alcaparras. IMG-20140804-WA0039 Y, para mí, el mejor plato del menú: manita de cerdo con salsa de albahaca, alcachofa y zanahoria. Qué manjar. Lo gelatinoso que estaba el plato con la frescura de la albahaca daba a la propuesta un toque de rebeldía. IMG-20140804-WA0037 Cambiamos de vino para maridar el último plato (la tradicional receta de callos a la madrileña). Vino de la D.O. de Montsant (no confundir con la multinacional de semillitas), de la comunidad autónoma de Cataluña. Syrah y Garnacha perfectamente compenetradas biodinámicamente, por supuesto. Con cada trago después de los callos se borraba completamente esa untuosidad que queda en la boca después de una cucharada de la celebérrima receta madrileña. IMG-20140804-WA0033 Callos a la madrileña con un toque fresco del albahaca, la hierba aromática favorita de Montia. IMG-20140804-WA0028 Tabla de quesos que nos pusieron con un refresco de la casa y el vino de postre para maridar: ¡Surprise! IMG-20140804-WA0025 Vino cercano de la zona, del pueblo de Cebreros. IMG-20140804-WA0021 Sidra de pera de la Bretaña francesa para los postres. IMG-20140804-WA0020 Sopa de frutos rojos, judías verdes y helado. IMG-20140804-WA0018 El mejor postres de todos. Sabía sólo a monte: a pino, a retama, a jara. Una delicia. IMG-20140804-WA0015 Y el último vino para rematar el último postre. El famoso vino de Montia, La Cosa. IMG-20140804-WA0014 Y el último postre, el tercero, de un menú de catorce platos que nos cautivó a los cuatro. Por último, café y licores, de vodka de saúco y de limón. IMG-20140804-WA0010IMG-20140804-WA0005 La propuesta de Montia es siempre una sorpresa. Como todas las semanas cambian el menú, volveremos para seguir probando platos riquísimos de alta cocina por precios asequibles y para reivindicar, por supuesto, la gastronomía de monte, la caza menor y la huerta madrileña.

Published in: on 12 agosto, 2014 at 8:55 pm  Comments (1)  

Sobre Bobby McFerrin

Hace ya dos semanas, exactamente el día 22, que acudía, acompañado de mi hermana, al concierto que Bobby McFerrin brindaba en el Jardín Botánico de la Universidad Complutense. Podemos catalogar a McFerrin de maestro porque así lo ha demostrado a lo largo de su larguísima carrera, trayectoria que le ha valido 10 Grammys (aunque no sean éstos los que den ese título) y, sobre todo, la oportunidad de demostrar que es un músico de los pies a la cabeza o, más exactamente, de las entrañas a la dermis.

Es su último trabajo el que venía a presentar a Madrid, un disco que dedica a su padre, recientemente fallecido, barítono de la Metropolitan de Nueva York. Y es que, efectivamente, Bobby McFerrin se crió con la música entre pañales y toda su infancia estuvo rodeada de pentagramas. Hijo de una familia religiosa, quiso a muy temprana edad meterse a monje, pero pocos años más tarde descubrió que su ministerio era el de la música, como él mismo afirma con frecuencia. Menos mal: de coger los hábitos habríamos perdido a uno de los mejores músicos de finales del siglo pasado y comienzos del presente. Y no exageramos, puesto que un intérprete (vocalista en este caso) que, encerrado durante años, exprime su voz hasta conseguir más de cuatro octavas de tesitura es algo que no ha alcanzado nadie.

Sus comienzos musicales arrancaron con aquel Don’t worry, be happy que ha jurado no volver a interpretar de lo exprimido que está (reconoce que le enternece oírlo tararear a algún niño), y enseguida metió sus cuerdas vocales en terrenos jazzísticos, donde ha desarrollado la mayor parte de su carrera junto a nombres fundamentales como Chick Corea, Yo-Yo Ma o Richard Bonna. Pero también ha explotado sus dotes musicales junto a orquestas sinfónicas, con quienes ha demostrado su maravillosa textura vocal. Es increíble escuchar el concierto para dos violonchelos de Vivaldi con la interpretación del segundo realizada con su voz. Además, en todos sus conciertos destaca su perspicacia como showman, ya que acostumbra a interactuar con el público, con los músicos que lo acompañan o con una orquesta, siempre desde la improvisación. Recuerdo, por ejemplo, cómo en muchos conciertos ha propuesto a los músicos de una orquesta tararear con la voz la melodía que suelen interpretar con su instrumento en la obertura de Guillermo Tell, dando lugar a una originalísima obertura que siempre arranca el ferviente aplauso del público.

Pero centrémonos en lo que supuso su concierto en Madrid, la presentación de su último álbum ‘Spirityouall’, en el que hace un homenaje a las raíces de la música americana, el folk, el rock y el bluegrass. Estuvo precedido por Noa-Lur como telonera, una cantante versa en los vericuetos del sca que, ya en su presentación, mostró su honra por pisar el mismo escenario que Bobby McFerrin. Noa-Lur acompañó su versatilidad vocal por unos músicos excepcionales: con Moisés P. Sánchez al piano, Toño Miguel al contrabajo y Michael Olivera a la batería. Los cuatro pisando las tablas, mientras les caía de refilón los últimos rayos del ocaso y con la mitad del respetable acudiendo a la barra del bar, ofrecieron una lección de jazz, revisando algún estándar y alumbrando un tema de una maravillosa calidad artística, I remember, de Jorge Fonseca, que nos cautivó a algunos de los que ya estábamos pendientes de esta formación (otros estaban pendientes del bocadillo). Cesó Noa-Lur en su propuesta musical con mucha aceptación y, después de un ni breve ni largo intermedio con el hilo musical a cargo de Muddy Waters y Kenny Rogers, apareció Bobby McFerrin con la banda con la que está presentando su disco en una gira por todo el orbe: Gil Goldstein (piano, piano eléctrico, acordeón), David Mansfield (violín, mandolina, guitarra y Lap Steel), Armand Hirsch (guitarra acústica y eléctrica), Jeff Carney (contrabajo), Louis Cato (batería, guitarra, bajo, voz), Madison McFerrin (voz) hija del maestro.

Y entró, como siempre, sorprendiendo al respetable, elaborando arpegios y mezclando escalas, improvisando, para introducir su primer tema del disco, Everytime. Seguidamente, y con la participación del público, interpretó Joshua, otro de los temas de este álbum. Presentó dos canciones más de su último trabajo y encaró con fuerza y pasión un estándar que hizo las delicias del público: sonó Flying to the moon con una voz tersa y una calidez que se diría que estábamos en el mismísimo Manhattan. Pero es que, quizás, el tema que cantó a continuación, Can’t find my way home, nos encandiló a todos más que el anterior, cuando la música encuentra ese modo de erizar los poros de la piel. Con el público ya más que entregado, McFerrin anunció la entrada de un invitado especial. Sonó raro en la dicción del neoyorquino la ‘g’ española, pero sonó bien: Jorge Pardo. Entró con la flauta para comenzar una improvisación que se enredaría con el siempre fresco ‘sca’ de McFerrin. Después de esta sorpresa, vino, cómo no, otra. Fue la primera vez que vi sentarse a Booby Mcferrin a un piano, para arrancar a las teclas las primeras notas de Jesus makes it good. Un insecto nocturno le impactó en la cara y con su habitual humor paró, se desternilló de risa para contárnoslo y volvió a emprender el tema. Después sonó Fix me, Jesus, un claro homenaje a los espirituales negros para, después, ir presentando a los músicos y que cada cual nos dejase una muestra de su talento. Recuerdo especialmente la improvisación del contrabajo Jeff Carney que provocó en Bobby también un buen dúo. Terminó con su hija abordando una preciosa bossa nova y, después, empezó el show McFerrin versionando una desaforada Wild Thing que enlazó con una imitación de Elvis Presley y su Can’t Help Falling in Love, que nos hizo cantar a todos.

Pero lo mejor no había llegado todavía. Lo mejor fue el tema 25:15, que no sé si se referirá a los segundos (pocos se me antojan tratándose de Bobby) que aguantó respirando y cantando el estribillo del siguiente tema:

 

Published in: on 6 agosto, 2014 at 8:27 pm  Dejar un comentario  

Sobre Rafael Frühbeck de Burgos

Es de justicia dedicar una entrada al Nadal de la música clásica española de los últimos 50 años, un maestro que desgraciadamente no ha encontrado muchos espacios en las secciones de Cultura de los periódicos (menos aún: en alguno de ellos sólo un ramplón obituario). Y es que la música clásica, una de las grandes patas del soporte cultural europeo, ha encontrado un sorprendente descarte en muchos lugares de la sociedad española. Sin ir más lejos, es un síntoma el hecho de que la mismísima Orquesta y Coro Nacionales de España (OCNE) tenga que cancelar dos de las tres sesiones del último concierto de la temporada (el ‘Réquiem’ de Verdi) por la huelga justificada del Coro Nacional de España, que se queda con 65 personas por la ausencia de plazas para los profesionales jubilados. Rafael Frühbeck de Burgos lo dirigió muchas veces.

FRÜHBECK DE BURGOS from Ignacio Arbalejo on Vimeo.

Published in: on 16 junio, 2014 at 5:13 pm  Comments (1)  

Sobre el primer americano

(Con imágenes de Alberto Nava. Basado en la película Inteligencia Artificial, de Steven Spielberg, con música de John Williams)

Published in: on 29 mayo, 2014 at 6:33 pm  Dejar un comentario  

Sobre Adolfo Suárez

Dos palabras me vienen a la mente en la muerte de Adolfo Suárez: Cemtro y Alzheimer. ¿Por qué Cemtro? Pues por la clínica Cemtro, donde ha muerto, y, por pueril que parezca la metáfora, por haber sido Adolfo Suárez un hombre de centro. Nunca después de él ha habido en España un político de centro, todos han sido después de él de derechas o de izquierdas. Ha sido un hombre de Estado (como bien ha recordado el Rey) que supo aunar la fractura política que los españoles vivieron durante casi todo el siglo XX para consolidar la democracia en España, un político que no fue de partido sino de los españoles.  Fue un personaje del franquismo el que tuvo el coraje de albergar a todos en la Transición.
Y me viene la palabra Alzheimer porque la España de hoy día parece una metáfora de esa enfermedad: hemos olvidado lo que ganamos con los Pactos de la Moncloa, la cultura y la responsabilidad políticas, el terror que ha supuesto la acción de ETA en la vida social española. Parece que algún sector de la política española ha borrado de su retina los terribles atentados de Vic, de Hipercor, de Atocha; ha olvidado ya a los niños muertos, a las familias desmembradas, a las víctimas mutiladas. Y ese sector da por bueno que los que han defendido el terror estén en las instituciones públicas demandando que los asesinos que cometieron esos atroces crímenes no son presos por delincuentes sino presos políticos. Algo de memoria perdemos cuando a una víctima de ETA le grita ‘fascista’ un abertzale. Algo de esa enfermedad sufrimos cuando un político antepone el territorio de Treviño como argumento político a la muerte de una niña de tres años por negligencia médica. Y también parece que algún sector político ha olvidado el principio de solidaridad, que no ya de soberanía, de todos los españoles. Algo no recuerdan los políticos cuando consideran que los impuestos no los pagan las personas y sí los territorios.

Hay que recordar a Adolfo Suárez como un político audaz que, aun granjeándose la enemistad de propios y extraños, tuvo la valentía de sacar adelante los acuerdos que necesitaba la incipiente democracia española; los que, también, ahora más falta hacen.

Published in: on 23 marzo, 2014 at 10:15 pm  Comments (1)  
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