Sobre Montia

Premisa 1: En el portal del apartamento que hemos alquilado este verano para pasar las vacaciones en San Lorenzo de El Escorial, lucen hermosas unas flores por las que mi mujer preguntó al conserje: “Tajetes, se llaman tajetes.”

Premisa 2: En el restaurante Montia, donde comí con mi mujer y unos amigos del Liceo del Vino el pasado día 3, nos presentaron en el cuarto plato una propuesta culinaria con, según nos explicaron, pétalos de Tajete.

Silogismo: Efectivamente, en Montia no mienten. Todos los productos que presentan en su menú son, como ellos defienden, de la zona. Desde la pularda segoviana, pasando por el pan de Cercedilla (Camorritos exactamente), verduras de una huerta ecológica de Guadalix de la Sierra y, cómo no, las flores del pueblo. Todas las fotos que aparecen están tomadas por mis compañeros y amigos del Liceo del Vino José Luis y Samuel.

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Porque lo más importante para el cocinero jefe, Daniel Ochoa, y su socio, Luis Moreno, es reivindicar los productos de monte, que tanto tiempo han quedado condenados al ostracismo, como cualquieras otros productos de calidad españoles, como los que otorgan los pescadores y ganaderos españoles. Montia se compromete a ofrecer una experiencia gastronómica de alta cocina, comparable a cualquier estrella Michelin, con unos precios popularísimos: 30 euros el menú corto y 40 euros el menú largo. Así es que preferimos que Michelin no la incluya en su firmamento… porque si no ¡los precios van a subir!

El privilegio de sentarse a comer en la calle Calvario, número 4, de San Lorenzo de el Escorial, en Montia, es, sin ningún atisbo de duda, estar preparado para encontrar el mejor menú de la sierra madrileña, menú que no consta en ninguna carta y que cambia todas las semanas. Estoy seguro de que uno de mis compañeros y amigos comensales, José Luis Díez, plasmará en su bitácora El curioso observador una reseña gastronómica mucho más acertada que mis impresiones. Aquí subrayaré algunos aspectos que me gustaría destacar de comer en Montia.

Para empezar, la conclusión que obtuve después de estar en Montia es la de que vas a comer a un lugar en el que se repite el mismo cauce de la comida española: empezar con una cervezita, seguir con unos aperitivos, tomar luego pescado y carne, unos postres, café y licorcito. Vamos, lo habitual en casi todos los sitios. Sin embargo, el resultado es completamente distinto porque Montia es un restaurante en el que te lo dan todo hecho: no tienes que elegir los platos (ya que no hay carta) ni los vinos (ya que eligen maridaje por ti). Cuando te presentan el plato delante de tus narices te explican detalladamente la elaboración del plato y, anteriormente, la oportuna sumiller te resume también el vino (todos ecológicos) con el que vas a maridar. Comenzamos con la apoteosis de Montia, el menú largo de 14 platos:

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Al sentarse en la mesa, se puede apreciar mantelería blanca y decoración minimalista, toda relacionada con el monte: una piedra para sujetar la servilleta que cuelga por la mesa y unos florecillas del monte insertas en un pedrusco.

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Panes artesanos de la finca biodinámica Río Padrillo (Camorritos): hogaza de pan blanco y de trigo kamut (cereal descubierto en Egipto, como nos indica el cocinero). Para untar, mantequilla de La Colmenareña, de Colmenar Viejo.

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Empezamos con unos aperitivos: emparedado de bonito con alcaparras, patata con liebre y trompeta de la muerte y gazpacho de sandía. Maridado con:

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Un cava alpujarreño, con uvas que crecen en el viñedo más alto de Europa: 1.400 metros de altitud. Elaborado por el Manuel Valenzuela, con levaduras autóctonas de forma espontánea. Una vez finalizada la fermentación el vino se deja decantar de forma natural. Permanece en fermentación por un periodo mínimo de 18 meses, tras el cual se dispone en pupitres inclinados durante 24 días, donde se gira manualmente 1/8 de vuelta diario, repitiéndose el proceso dos veces más, cada una de ellas con un grado de inclinación mayor.

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Seguimos con un plato elaborado con láminas de remolacha completadas con eferificaciones de queso, rábano y helado de tomate. Un plato fresquito para continuar.

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La Peguera, uva albillo de 2013. Efectivamente, producto de la zona, de Gredos, La Peguera es una finca de cepas de albillo en suelo granítico. Volvemos a un caldo elaborado mediante la Agricultura Biodinámica, macerado y fermentado con los hollejos, en frío, y madurado en barrica de roble durante unos dos meses hasta su embotellado. Como primera impresión, un vino turbio. En nariz, aromas de manzana y levadura. Vino versátil que nos sirvió para maridar los siguientes cuatro platos.

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Una vuelta a la tradicional receta del pisto. Barca de patata con huevos de codorniz, emulsión de sofrito y pimentón dulce de la Vera.

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Un plato de pescado de agua dulce del cual no recuerdo el nombre, pero que provenía de un pantano cercano, acompañado de una salsa agria y huevas de salmón. Aquí están los pétalos de tajete a los que me refería en el arranque de la crónica.

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Salmorejo de flores de morera (sí, la que comen los gusanos de seda) con sardina, huevo y picatostes.

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Uno de los platos que más gustó entre los cuatro: chipirón templado con berenjena, emulsión de limón y judía verde.

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Cambiamos de vino para maridar los siguientes tres platos de carne. Vino polivarietal tinerfeño con explosión de uvas: Negramol, Listan Negro, Moscatel Negra, Listan Gacho, Vijariego Negro, Listan Prieto, Baboso, Malvasia Negra de viñas plantadas en suelo volcánico por cuatro estudiantes agrónomos en una de las plantaciones más septentrionales de la isla. Tras la fermentación maloláctica, el vino permaneció en barrica con sus propias lías durante 8 meses. Color cereza intenso, en nariz recuerdos de fresa, tinta, regaliz. En boca, muy balsámico y con un poquito de acidez.

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Pechuga de pularda macerada con limón y un toque de brasa. Riquísima.

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Albóndiga de pularda con alcaparras.

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Y, para mí, el mejor plato del menú: manita de cerdo con salsa de albahaca, alcachofa y zanahoria. Qué manjar. Lo gelatinoso que estaba el plato con la frescura de la albahaca daba a la propuesta un toque de rebeldía.

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Cambiamos de vino para maridar el último plato (la tradicional receta de callos a la madrileña). Vino de la D.O. de Montsant (no confundir con la multinacional de semillitas), de la comunidad autónoma de Cataluña. Syrah y Garnacha perfectamente compenetradas biodinámicamente, por supuesto. Con cada trago después de los callos se borraba completamente esa suntuosidad que queda en la boca después de una cucharada de la celebérrima receta madrileña.

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Callos a la madrileña con un toque fresco del albahaca, la hierba aromática favorita de Montia.

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Tabla de quesos que nos pusieron con un refresco de la casa y el vino de postre para maridar: ¡Surprise!

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Vino cercano de la zona, del pueblo de Cebreros.

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Sidra de pera de la Bretaña francesa para los postres.

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Sopa de frutos rojos, judías verdes y helado.

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El mejor postres de todos. Sabía sólo a monte: a pino, a retama, a jara. Una delicia.

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Y el último vino para rematar el último postre. El famoso vino de Montia, La Cosa.

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Y el último postre, el tercero, de un menú de catorce platos que nos cautivó a los cuatro. Por último, café y licores, de vodka de saúco y de limón.

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La propuesta de Montia es siempre una sorpresa. Como todas las semanas cambian el menú, volveremos para seguir probando platos riquísimos de alta cocina por precios asequibles y para reivindicar, por supuesto, la gastronomía de monte, la caza menor y la huerta madrileña.

Published in: on 12 agosto, 2014 at 8:55 pm  Dejar un comentario  

Sobre Bobby McFerrin

Hace ya dos semanas, exactamente el día 22, que acudía, acompañado de mi hermana, al concierto que Bobby McFerrin brindaba en el Jardín Botánico de la Universidad Complutense. Podemos catalogar a McFerrin de maestro porque así lo ha demostrado a lo largo de su larguísima carrera, trayectoria que le ha valido 10 Grammys (aunque no sean éstos los que den ese título) y, sobre todo, la oportunidad de demostrar que es un músico de los pies a la cabeza o, más exactamente, de las entrañas a la dermis.

Es su último trabajo el que venía a presentar a Madrid, un disco que dedica a su padre, recientemente fallecido, barítono de la Metropolitan de Nueva York. Y es que, efectivamente, Bobby McFerrin se crió con la música entre pañales y toda su infancia estuvo rodeada de pentagramas. Hijo de una familia religiosa, quiso a muy temprana edad meterse a monje, pero pocos años más tarde descubrió que su ministerio era el de la música, como él mismo afirma con frecuencia. Menos mal: de coger los hábitos habríamos perdido a uno de los mejores músicos de finales del siglo pasado y comienzos del presente. Y no exageramos, puesto que un intérprete (vocalista en este caso) que, encerrado durante años, exprime su voz hasta conseguir más de cuatro octavas de tesitura es algo que no ha alcanzado nadie.

Sus comienzos musicales arrancaron con aquel Don’t worry, be happy que ha jurado no volver a interpretar de lo exprimido que está (reconoce que le enternece oírlo tararear a algún niño), y enseguida metió sus cuerdas vocales en terrenos jazzísticos, donde ha desarrollado la mayor parte de su carrera junto a nombres fundamentales como Chick Corea, Yo-Yo Ma o Richard Bonna. Pero también ha explotado sus dotes musicales junto a orquestas sinfónicas, con quienes ha demostrado su maravillosa textura vocal. Es increíble escuchar el concierto para dos violonchelos de Vivaldi con la interpretación del segundo realizada con su voz. Además, en todos sus conciertos destaca su perspicacia como showman, ya que acostumbra a interactuar con el público, con los músicos que lo acompañan o con una orquesta, siempre desde la improvisación. Recuerdo, por ejemplo, cómo en muchos conciertos ha propuesto a los músicos de una orquesta tararear con la voz la melodía que suelen interpretar con su instrumento en la obertura de Guillermo Tell, dando lugar a una originalísima obertura que siempre arranca el ferviente aplauso del público.

Pero centrémonos en lo que supuso su concierto en Madrid, la presentación de su último álbum ‘Spirityouall’, en el que hace un homenaje a las raíces de la música americana, el folk, el rock y el bluegrass. Estuvo precedido por Noa-Lur como telonera, una cantante versa en los vericuetos del sca que, ya en su presentación, mostró su honra por pisar el mismo escenario que Bobby McFerrin. Noa-Lur acompañó su versatilidad vocal por unos músicos excepcionales: con Moisés P. Sánchez al piano, Toño Miguel al contrabajo y Michael Olivera a la batería. Los cuatro pisando las tablas, mientras les caía de refilón los últimos rayos del ocaso y con la mitad del respetable acudiendo a la barra del bar, ofrecieron una lección de jazz, revisando algún estándar y alumbrando un tema de una maravillosa calidad artística, I remember, de Jorge Fonseca, que nos cautivó a algunos de los que ya estábamos pendientes de esta formación (otros estaban pendientes del bocadillo). Cesó Noa-Lur en su propuesta musical con mucha aceptación y, después de un ni breve ni largo intermedio con el hilo musical a cargo de Muddy Waters y Kenny Rogers, apareció Bobby McFerrin con la banda con la que está presentando su disco en una gira por todo el orbe: Gil Goldstein (piano, piano eléctrico, acordeón), David Mansfield (violín, mandolina, guitarra y Lap Steel), Armand Hirsch (guitarra acústica y eléctrica), Jeff Carney (contrabajo), Louis Cato (batería, guitarra, bajo, voz), Madison McFerrin (voz) hija del maestro.

Y entró, como siempre, sorprendiendo al respetable, elaborando arpegios y mezclando escalas, improvisando, para introducir su primer tema del disco, Everytime. Seguidamente, y con la participación del público, interpretó Joshua, otro de los temas de este álbum. Presentó dos canciones más de su último trabajo y encaró con fuerza y pasión un estándar que hizo las delicias del público: sonó Flying to the moon con una voz tersa y una calidez que se diría que estábamos en el mismísimo Manhattan. Pero es que, quizás, el tema que cantó a continuación, Can’t find my way home, nos encandiló a todos más que el anterior, cuando la música encuentra ese modo de erizar los poros de la piel. Con el público ya más que entregado, McFerrin anunció la entrada de un invitado especial. Sonó raro en la dicción del neoyorquino la ‘g’ española, pero sonó bien: Jorge Pardo. Entró con la flauta para comenzar una improvisación que se enredaría con el siempre fresco ‘sca’ de McFerrin. Después de esta sorpresa, vino, cómo no, otra. Fue la primera vez que vi sentarse a Booby Mcferrin a un piano, para arrancar a las teclas las primeras notas de Jesus makes it good. Un insecto nocturno le impactó en la cara y con su habitual humor paró, se desternilló de risa para contárnoslo y volvió a emprender el tema. Después sonó Fix me, Jesus, un claro homenaje a los espirituales negros para, después, ir presentando a los músicos y que cada cual nos dejase una muestra de su talento. Recuerdo especialmente la improvisación del contrabajo Jeff Carney que provocó en Bobby también un buen dúo. Terminó con su hija abordando una preciosa bossa nova y, después, empezó el show McFerrin versionando una desaforada Wild Thing que enlazó con una imitación de Elvis Presley y su Can’t Help Falling in Love, que nos hizo cantar a todos.

Pero lo mejor no había llegado todavía. Lo mejor fue el tema 25:15, que no sé si se referirá a los segundos (pocos se me antojan tratándose de Bobby) que aguantó respirando y cantando el estribillo del siguiente tema:

 

Published in: on 6 agosto, 2014 at 8:27 pm  Dejar un comentario  

Sobre Rafael Frühbeck de Burgos

Es de justicia dedicar una entrada al Nadal de la música clásica española de los últimos 50 años, un maestro que desgraciadamente no ha encontrado muchos espacios en las secciones de Cultura de los periódicos (menos aún: en alguno de ellos sólo un ramplón obituario). Y es que la música clásica, una de las grandes patas del soporte cultural europeo, ha encontrado un sorprendente descarte en muchos lugares de la sociedad española. Sin ir más lejos, es un síntoma el hecho de que la mismísima Orquesta y Coro Nacionales de España (OCNE) tenga que cancelar dos de las tres sesiones del último concierto de la temporada (el ‘Réquiem’ de Verdi) por la huelga justificada del Coro Nacional de España, que se queda con 65 personas por la ausencia de plazas para los profesionales jubilados. Rafael Frühbeck de Burgos lo dirigió muchas veces.

FRÜHBECK DE BURGOS from Ignacio Arbalejo on Vimeo.

Published in: on 16 junio, 2014 at 5:13 pm  Comments (1)  

Sobre el primer americano

(Con imágenes de Alberto Nava. Basado en la película Inteligencia Artificial, de Steven Spielberg, con música de John Williams)

Published in: on 29 mayo, 2014 at 6:33 pm  Dejar un comentario  

Sobre Adolfo Suárez

Dos palabras me vienen a la mente en la muerte de Adolfo Suárez: Cemtro y Alzheimer. ¿Por qué Cemtro? Pues por la clínica Cemtro, donde ha muerto, y, por pueril que parezca la metáfora, por haber sido Adolfo Suárez un hombre de centro. Nunca después de él ha habido en España un político de centro, todos han sido después de él de derechas o de izquierdas. Ha sido un hombre de Estado (como bien ha recordado el Rey) que supo aunar la fractura política que los españoles vivieron durante casi todo el siglo XX para consolidar la democracia en España, un político que no fue de partido sino de los españoles.  Fue un personaje del franquismo el que tuvo el coraje de albergar a todos en la Transición.
Y me viene la palabra Alzheimer porque la España de hoy día parece una metáfora de esa enfermedad: hemos olvidado lo que ganamos con los Pactos de la Moncloa, la cultura y la responsabilidad políticas, el terror que ha supuesto la acción de ETA en la vida social española. Parece que algún sector de la política española ha borrado de su retina los terribles atentados de Vic, de Hipercor, de Atocha; ha olvidado ya a los niños muertos, a las familias desmembradas, a las víctimas mutiladas. Y ese sector da por bueno que los que han defendido el terror estén en las instituciones públicas demandando que los asesinos que cometieron esos atroces crímenes no son presos por delincuentes sino presos políticos. Algo de memoria perdemos cuando a una víctima de ETA le grita ‘fascista’ un abertzale. Algo de esa enfermedad sufrimos cuando un político antepone el territorio de Treviño como argumento político a la muerte de una niña de tres años por negligencia médica. Y también parece que algún sector político ha olvidado el principio de solidaridad, que no ya de soberanía, de todos los españoles. Algo no recuerdan los políticos cuando consideran que los impuestos no los pagan las personas y sí los territorios.

Hay que recordar a Adolfo Suárez como un político audaz que, aun granjeándose la enemistad de propios y extraños, tuvo la valentía de sacar adelante los acuerdos que necesitaba la incipiente democracia española; los que, también, ahora más falta hacen.

Published in: on 23 marzo, 2014 at 10:15 pm  Comments (1)  

Sobre Ifigenia en Táuride

¿Por qué una reflexión sobre Ifigenia en Táuride? Traigo a la palestra el drama que el griego Eurípides escribió en el siglo V antes de Cristo para explicar cómo la cultura grecorromana ha cimentado las raíces para el desarrollo de la historia de Europa y, también, por qué ahora hemos de recordar a Ifigenia y a Táuride.

Nos encontramos ahora ante la mayor crisis que afronta Europa, como ha afirmado recientemente el ministro de exteriores británico William Hague, en lo que va de siglo. Ucrania se ha convertido en el Rubicón de Europa y de Rusia y es el enclave que determinará la posición geopolítica dominante. Es ahora mismo el corazón de la Historia, el centro del mundo, como afirmara en diciembre Enric González en su columna El futuro:

El país relativamente pequeño que se juega realmente su futuro y en gran medida el de todos, en un invierno que puede ser tan crucial como el de 1989, es Ucrania. Allí está la Historia, con mayúscula, moviendo sus silenciosos engranajes. Ucrania debe decidir si mira hacia el oeste, hacia la Unión Europea, o hacia Rusia [...] Halford J. Mackinder, un historiador determinista victoriano al que Robert  Kaplan resucita en su libro La venganza de la geografía, esbozó la teoría del “corazón continental”, un territorio indeterminado, en el que podría situarse Ucrania, cuyo control aseguraría el dominio sobre Eurasia.

Al igual que los griegos pensaban que el corazón del mundo estaba en el oráculo de Delfos, donde el ónfalos lo representaba (una piedra que todavía se conserva), ahora el centro del mundo se sostiene en el oráculo que Ifigenia ostentó en Táuride, territorio que albergara al pueblo de los tauros, que después conquistaran, tártaros, griegos, turcos y rusos: la actual Crimea. En Táuride se asienta la cultura griega que conformó el mundo bizantino, y allí Ifigenia, desterrada por su padre Agamenón a la que quería sacrificar en honor de la diosa Artemisa, se convierte en sacerdotisa de su templo, arrepentida la diosa del sacrificio. Hasta allí llegan su hermano Orestes y su primo Pílades (de los que ignora su parentesco) a robar la estatua de Artemisa. Son detenidos e Ifigenia los interroga. No es momento de desarrollar todo el drama, sólo de recordar que Atenea se encarga de dar carpetazo a un litigio en el que instaura que todos los juicios a partir de ese momento lo ganará siempre el que obtenga igualdad de votos. Atenea cambia el autoritarismo por la democracia en Crimea.

Es en Crimea donde se forja el cristianismo ortodoxo que se trasladará al resto del imperio, donde se transmuta Artemisa en la Virgen María. Por eso a Catalina la Grande le gustaba referirse a Crimea como Táuride, para recordar su origen bizantino. Es en el corazón de Ucrania, Kiev, donde se instaura (o se ensaya) el primer estado democrático moderno durante los siglos XVI y XVII con la Mancomunidad de las Dos Naciones. Es donde se construye la Gran Puerta de Oro de Kiev en el siglo XI y con la que Mussorgski culmina su obra maestra ‘Cuadros de una exposición’.

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Es en Crimea donde se libra la guerra del mismo nombre entre 1854 y 1856 y donde las potencias occidentales dirimieron contra Rusia sus influencias geopolíticas. Fue la primera guerra cubierta por corresponsales de guerra y donde se hicieron famosas la carga de la Brigada Ligera y la Delgada Línea Roja (como la denominó un corresponsal inglés del periódico The Times) de los Granaderos de la Guardia, ambas británicas, que pusieron en un brete a las tropas rusas mandadas por el zar Nicolás I.

La carga de la brigada ligera La delgada línea roja

Esta guerra perdida por Rusia pesa en el inconsciente colectivo ruso como una herida histórica (hay que recordar que un retrato del zar Nicolás I preside la antesala del despacho presidencial del Kremlin). Es en Yalta, en la península de Crimea donde se celebra la celebérrima conferencia que clausura la Segunda Guerra Mundial. Es en el puerto de Sebastopol donde Rusia mantiene su flota gracias a un alquiler que paga a Ucrania. Y es en este histórico trozo de tierra que se asoma al mar Negro sobre el que pende ahora el hilo de la Historia.

Crimea forma parte de Ucrania pero su población mayoritaria es rusa. Por eso Putin no duda en desplegar sus tropas en Crimea para asegurar su salida al mar. Y alrededor de toda esta crisis está el abastecimiento energético europeo que se suministra en un 80% por el gas ruso que llega a Europa por los gasoductos a través de Ucrania. Por eso, Merkel ha telefoneado esta noche a toda prisa a Obama y Putin para calmar la tensión. Es Merkel la nueva Ifigenia que ha hablado con Orestes y su primo Pílades (Putin y su ‘primo’ Yanukóvich) para que no roben la estatua de Artemisa, para que dejen en paz a Crimea y cesen los tambores de guerra.

Published in: on 3 marzo, 2014 at 4:58 pm  Comments (1)  

Sobre Paco de Lucía

Mi vídeorreportaje homenaje a Paco de Lucía.

Published in: on 27 febrero, 2014 at 12:06 pm  Comments (1)  

Sobre el Debate del Estado de la Nación

En su intervención en el Congreso, el presidente Rajoy ha querido incluir un guiño a ‘La España invertebrada’ de Ortega y Gasset. Hemos podido escuchar estas palabras de Mariano Rajoy hacia el final de su comparecencia:

No es, señorías, que los países más adelantados opten por la unidad, sino que la unidad hace que los países adelanten. No es la prosperidad lo que los une, sino al revés: es la unidad lo que los hace prósperos.

Estas líneas recuerdan aquellas que el filósofo José Antonio Ortega y Gasset escribiera en su libro ‘La España invertebrada':

No viven juntas las gentes sin más ni más y porque sí [...] Los grupos que integran un Estado viven juntos para algo: son una comunidad de propósitos, de anhelos, de grandes utilidades. No conviven por estar juntos, sino para hacer juntos algo.

Sin embargo, no es bueno apelar a esas palabras sin conocerlas bien porque justo antes de esa reflexión, Rajoy sentencia ante los diputados:

Consideramos la unidad como un valor superior. No porque esté en la Constitución. La incluimos en la Constitución porque la consideramos un valor superior que refrenda una tradición, una memoria y un patrimonio comunes.

Es decir, relaciona la unidad de una nación con la tradición, con la memoria, en definitiva, con el ayer, algo que, sin embargo, Ortega y Gasset contradice de forma meridiana:

No es el ayer, el pretérito, el haber tradicional, lo decisivo para que una nación exista. Este error nace, como ya he indicado, de buscar en la familia, en la comunidad nativa, previa, ancestral, en el pasado, en suma, el origen del Estado. Las naciones se forman y viven de tener un programa para mañana.

Published in: on 25 febrero, 2014 at 2:07 pm  Dejar un comentario  

Sobre Cataluña

Atención al texto que escribió en 1937 el entonces jefe de Gobierno republicano, Juan Negrín, sobre el separatismo catalán:

En Barcelona afectan no pronunciar España. Yo no he sido nunca lo que llaman españolista ni patriotero. Pero ante estas cosas, me indigno. Y si esas gentes van a descuartizar a España, prefiero a Franco. Con él ya nos entenderíamos nosotros, o nuestros hijos o quien fuere. Pero esos hombres son inaguantables. Acabarían por dar la razón a Franco. Y mientras, venga a pedir dinero, y más dinero.

Era socialista. Nada más que añadir.

Published in: on 20 febrero, 2014 at 11:12 pm  Comments (1)  

Sobre David Afkham

Los Reyes Magos me regalaron dos entradas para asistir este viernes al concierto que la OCNE programó dentro de su ciclo de Grandes Viajes con un repertorio muy centroeuropeo: sobre el atril obras del austríaco Schonberg, el alemán Wagner y el austríaco Mahler. La propuesta de la Nacional incluía, en primer lugar, las cinco piezas con las que Schonberg inauguraba el dodecafonismo, el ciclo de canciones Wesendonck para contralto, de Wagner, y, en la segunda parte, la primera sinfonía de Mahler, la Titán. Y sobre la tarima el esperadísimo David Afkham, probablemente el responsable de haber colgado el cartel de no hay entradas para el viernes, el sábado y el domingo.

Tengo que reconocer que me salté a Schonberg, que no quería llegar a la dulzura de, por ejemplo, Im Treibhaus con el cerebro golpeado por la relación axiomática de los grados que se le ocurrió a Schonberg con el dodecafonismo. Esta teoría musical, que rompe la jerarquía de los grados, no me eriza nunca la piel y sí lo pueden conseguir otros vanguardistas que apuestan por la revolución musical pero basándose en la relación de los grados, en la tradición musical, como Debussy, Walton o Richard Strauss. Así es que aterrizamos mi esposa y yo directamente en la primera fila del patio de butacas con Wagner, justo debajo de la contralto, para conmovernos con esas canciones que el músico alemán compuso con letras de poemas de la poetisa Mathilde Wesendonck, de la que estaba platónicamente enamorado. Cuando las escucho siempre pienso cuán deudoras son de este ciclo Wesendonck las Cuatro canciones póstumas de Richard Strauss. La contralto Natalie Stutzmann cantó con arrebato, en una interpretación que me gustó mucho más que la versión que tengo en disco de la soprano Cheryl Studer. Mucho tuvo que ver la cercanía con la que la vi y escuché pero, sobre todo, esa calidez característica de la voces graves.

Y como colofón asistimos a una inolvidable versión de la Titán de Mahler. Mientras la escuchaba, recordaba cómo empezó mi afición por frecuentar la sala sinfónica del Auditorio. Era el viernes 14 de enro de 1994 y yo, por aquellos entonces, engrosaba las filas de la Coral de Nuestra Señora de la Merced, coral en la que estuve cantando en la cuerda de tenores durante once años, y aquel día escuchaba un concierto en la sala de cámara con unas entradas que nos habían regalado. Pero en el descanso, una contralto, Carmen, un bajo, Enrique, y un servidor decidimos colarnos a través de las puertas de madera que separan el pasillo que delimita las salas de cámara y la sinfónica y que dan al baño. Recuerdo a Carmen que nos decía: “Vamos a ver si nos colamos y tenemos suerte, que hoy la Nacional toca la Titán”. Qué gran acierto. Me cautivó de tal manera la música de una orquesta en directo que ya no he dejado de acudir en veinte años.

Este fin de semana David Afkham hizo una lectura muy bohemia de Mahler, como debe ser. Lo tenía a menos de dos metros y desde mi posición se me presentaba como un escorzo expresionista sacada de un filme de Murnau. Y efectivamente Afkham presenta una actitud actoral no exenta de chepa que somete a una tensión corporal su riguroso academicismo. Muy diligente con la mano derecha y muy manso con la izquierda, los profesores de la ONE están olvidando ya la orfandad en que les ha dejado Josep Pons.

El primer movimiento, apuntado como Langsam, schleppend (Lentamente arrastrándose), lleva la acotación Como un sonido de la naturaleza, que expresa bien lo que la música parece ser: un lento despertar de las cosas y parece una declaración de intenciones de lo que será el ciclo sinfónico de Mahler. Muy acertada estuvo la sección de cuerda y el timbal en este primer movimiento, pero también en toda la obra. El segundo movimiento, Poderoso y agitado, también encumbró a los violines, que tocaron con ahínco un pentagrama muy exigente. El tercer tiempo, Solemne y medido, sin arrastrar, respira Bohemia por los cuatro costados. El crítico Arturo Reverter en el programa de mano señala:

Lleva la leyenda Marcha fúnebre al estilo de Callot, un pintor-grabador lorenés del siglo XVI. Es un desfile de temas de macabra fantasía, rememorativos del antiguo grabado del cazador, que es acompañado a su última morada por los animales del bosque y que el músico asoció al cuadro del artista Las tentaciones de San Antonio.

El último movimiento, con las trompas tocando de pie, arrancó al público que asistimos el viernes un prolongadísimo aplauso, en pie, del que mucho mérito tuvo la batuta de David Afkham, el nuevo director titular de la ONE para la temporada que viene. Un concierto que recordaremos, competencia de Ibermusica de por medio, por mucho tiempo.

Published in: on 13 enero, 2014 at 7:10 pm  Dejar un comentario  
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